Había pedido el misionero ayuda a los nativos para la
construcción de la capilla. Un señor se acercó al día siguiente con una cabra y
le dijo: “padre, esto es lo único que tengo, véndala y el dinero para la
construcción de la iglesia”.
Este hombre sabía que orar y que la oración exige obras
de amor. En un mundo pagano y politeísta, “Jesús nació en un pueblo que sabía
orar”, decía Joaquín Jeremías. Jesús nació y fue educado en el seno de una
familia judía piadosa, que guardaba con todo amor y fidelidad las normas
religiosas dadas por Yahvé (Lc 2,21-52).
La Mishná, código rabínico compilado hacia el año 200
de la era cristiana, nos ofrece datos bastante seguros y numerosos para conocer
las prácticas judías de la oración en tiempos de Jesús. En el tratado de las
bendiciones, concretamente, se enseña que hay tres momentos de plegaria al día:
el amanecer, el mediodía y la tarde (Berakhot IV). “Tres veces al día” (Dn
6,10), “por la tarde, en la mañana y al medio día” (Sal 54,18), se levantaban
en Israel los corazones hacia el Señor, bendiciéndole e invocándole. De estas
tres horas, dos se producían al mismo tiempo que los sacrificios llamados
perpetuos, que todos los días se ofrecían en el Templo (Nm 28, 2-8). Así la
oración quedaba unida al sacrificio, participando de él y, al mismo tiempo,
dándole espíritu y sentido.
Tenían la costumbre piadosa judía de recitar dos veces
al día el Shemá Yisrael (Escucha, Israel), al acostarse y al levantarse.
“Escucha, Israel, Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios
con todo tu corazón”…. El Shemá, el credo israelita, consiste en la recitación
del texto de Dt 6,4-9, al que se une, al menos desde el siglo II antes de
Cristo, Dt 11,13-21 y Núm 15,37-41. Esta plegaria había de ser repetida a los
hijos, “lo mismo en casa que de camino, cuando te acuestes y cuando te
levantes” (Dt 6,7; 11,19). Y Cristo mismo la da como respuesta a aquel doctor
que le preguntaba acerca del mandamiento principal (Mc 12,29-30).
Jesús era también maestro que enseñaba cómo se ha de
orar. Jesús enseñó a orar a sus discípulos no solamente con su testimonio
personal, sino también con enseñanzas explícitas, de las que destacaremos
algunas:
a) La pureza de
la intención. «Cuando oréis, no seáis como los hipócritas... Tú, cuando
ores, entra en tu cuarto y, echada la llave, haz tu oración a tu Padre, que
mira lo secreto; y tu Padre, que está en lo secreto, te premiará» (Mt 6,5-6; Mc
12,38-40).
b) La unión de
la mente con la voz. Jesús recuerda el reproche terrible de Yahvé (Is
29,13), cuando dice: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está
lejos de mí» (Mt 15,8). La oración que sólo afecta a los labios, es una oración
sin alma, que está muerta.
c) La confianza
en el Padre, y la consiguiente brevedad en las palabras, no como los
paganos, cuando oraban, presionaban sobre Dios con sus interminables oraciones.
«Cuando recéis, no charléis mucho, como los paganos, que se imaginan que por su
mucha palabrería serán escuchados. No os parezcáis a ellos, pues vuestro Padre
ya sabe qué os hace falta antes de que se lo pidáis» (Mt 6,7-8). La oración
cristiana ha de ser breve y sencilla, confiada en el Padre (Mt 6,25-32).
d) Jesús enseña
la necesidad de la oración (Lc 22,40), la oración en su nombre (Jn
14,13-14), la oración de petición (Mt 5,44;7), la humildad (Lc 18,9-14) y la
perseverancia en la plegaria (11,5-13).
Jesús se preocupó de orar y de enseñarles a sus
discípulos de cómo hacerlo. A ellos les dice: “Amad a vuestros enemigos y rezad
por los que os persiguen…” (Mt 5, 44).
Como sabe que la tarea de trabajo es inmensa y son
pocos los obreros disponibles, les pide a sus discípulos que oren, pues “La
mies es abundante pero los obreros pocos; por eso, rogad al dueño que mande
obreros a su mies” (Mt 9, 38).
En la tentación les recomendó: “Estad en vela y pedid
no caer en la tentación” (Mt 26, 41).
Aconseja orar para que Dios conceda su Espíritu para
poder obrar el bien como Dios,
“Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, ¿cuánto más vuestro Padre dará Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc 11,13).
“Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, ¿cuánto más vuestro Padre dará Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc 11,13).
En el discurso de la última cena, Jesús promete a los
discípulos su intercesión ante el Padre y les dice: “Y todo lo que pidáis al
Padre en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el hijo.
Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré” (14, 13-14). En las diversas
invitaciones a pedir en su nombre, Jesús une oración y alegría (15, 7-11) y
oración como fruto del amor (14, 13-14). La oración es la unión con el Dios
amor y por consiguiente la fuente de alegría de sentirse en los brazos del
Dios-amor. Por ello mismo es la fuente del amor fraterno, del Espíritu hacia la
verdad plena que es Cristo (16, 13) para estar unido a la vid (15, 1-11) y dar
el fruto del amor, para gloria del Padre (15, 8).
Quien ore, ha de estar abierto a la Palabra de Dios y
ha de convertirse, dejar los caminos errados del pecado y guardar los
mandamientos del Señor. Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos,
repetirá Jesús (Mt 4,17). Convertirse es hacerse como niño (Mt 18,3). La
conversión es necesaria para entrar en el Reino e implicará cambio de vida: dar
frutos (Jr 7,24-26). Y cuando acontece la conversión, ésta conlleva un gozo
increíble. “Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un
solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no tengan
necesidad de conversión” (Lc 15,7). EGN
No hay comentarios.:
Publicar un comentario