Dice Robert Spaemann que para obrar bien es preciso
hacer justicia a la realidad. Esto requiere de la prudencia, la
más importante de las virtudes morales. En la vida personal cotidiana, en la
vida eclesial (lo hemos visto en el Sínodo de la familia) o en la vida social
(por ejemplo en la perspectiva de unas elecciones) es necesaria la prudencia,
que no es mera cautela o moderación, sino “sensatez o buen juicio”. Consiste en
discernir y distinguir lo que es bueno o malo en una determinada situación,
para saber cómo hay que actuar y decidirse a ello.
Veamos la estructura y las dimensiones de la
prudencia, las formas de la imprudencia y cómo es la prudencia en clave
cristiana.
Estructura y dimensiones de la prudencia
En la tradición clásica se antepone la prudencia a
otras virtudes importante: la justicia, la fortaleza y la templanza. Esto
indica que solo puede ser bueno el que es prudente, es decir, el que es justo
antes que nada con la realidad. Y por eso los diez mandamientos son formas
de ejercicio de la prudencia.
La prudencia es la causa y la raíz, la madre, la
medida y el ejemplo, la guía y la razón precisa de todas las demás virtudes. La
prudencia es la medida ética del obrar porque determina lo que es
conforme a la realidad. (cf. J. Pieper, Virtudes fundamentales, Madrid
2010, p. 34). La prudencia es la virtud que guía a la conciencia moral.
Esta atención a la realidad, propia de la
prudencia, tiene dos dimensiones: la memoria o conciencia de los primeros
principios (sindéresis) –el más importante es hacer el bien y evitar el
mal– y la atención a la realidad en la que se actúa.
Combinando esos elementos, la prudencia actúa por tres
pasos sucesivos; la deliberación (momento cognoscitivo); el juicio,
dictamen o discernimiento acerca de la situación (lo que lleva a tomar
“conciencia de la situación”); y el “imperio” o decisión de actuar
(momento operativo).
En resumen, la prudencia es la “regla recta
de la acción” (Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles), “la virtud que
pasa del conocimiento de la realidad a la práctica del bien” (Pieper) y la
“auriga virtutum” (conductora de las virtudes) que guía a las otras
virtudes indicándoles regla y medida (CIC).
Por eso se la ha comparado a la inteligente proa
de la esencia humana (Claudel), al cierre del anillo de la vida activa
que conduce a la propia perfección, o al fulgor de la vida moral
(Pieper). En la perspectiva cristiana San Juan habla de “caminar en la luz”,
equivalente a practicar la verdad haciendo justicia a la realidad, como
consecuencia de la comunión con Dios.
Formas de la imprudencia
Para ser prudente se requiere por tanto, primero la
“memoria del ser”, o la “metafísica de la persona moral”, es decir, tener en
cuenta quién es uno y por qué desea una cosa u otra.
Solamente por esto el egoísta, el que mira
por sus intereses y no por los demás ya es imprudente. También el que no es
dócil, porque no se deja decir algo, es imprudente, pues se opone al
conocimiento de la realidad. También se puede ser imprudente por impremeditación
(falta de suficiente reflexión) o inconstancia. En cambio el que
tiene la virtud de la solercia (capacidad de circunspección o de sopesar
la realidad de que se trate) es el que puede vencer las tentaciones de injusticia,
cobardía o intemperancia.
En segundo lugar, se puede ser imprudente por fallo
del momento operativo (la decisión). Así puede suceder por inseguridad,
que puede ser culpable si es resultado de un centrarse en sí mismo sin mirar a
Dios ni a los demás. Esta mirada a Dios y a los que nos rodean es lo que
enriquece la esperanza y la experiencia, y permite darnos el mínimo de certeza
(no puede existir una certeza total sobre el futuro) para decidirnos a actuar.
También se puede fallar en la decisión por simple
omisión o negligencia, y ésta a su vez por pereza o cobardía;
y en general por falta de madurez en el “imperio”. Este no ser capaces de
tomar una decisión dice Santo Tomás que con frecuencia está unido a la lujuria.
Asimismo se puede ser imprudente por la “prudencia
de la carne” (cf. Rm, 8,7). Es decir, la visión materialista de la vida. Esto
puede llevar a la astucia: actuar o no por mera táctica o intriga,
actitud opuesta a la verdad, a la caridad, a la rectitud del espíritu y a la
magnanimidad, y proclive a la mezquindad (falta de nobleza o tacañería)
y a la pusilanimidad (ánimo pequeño o falta de valor para emprender lo
grande o tolerar las contrariedades).
En el fondo de todo esto, dice Tomás de Aquino,
suele estar la avaricia, el aferrarse al instinto de conservación (de
ahí la acepción popular de “prudencia” como un abstenerse de actuar por miedo
al riesgo).
La razón de que todas estas actitudes se opongan a
la prudencia es porque ésta se ocupa no solo de los fines sino también de los
medios en el actuar. “La prudencia dispone la razón práctica para discernir, en
toda circunstancia, nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para
realizarlo” (Compendio del CIC, n. 1835).
La prudencia en clave cristiana
En el cristiano la prudencia supone en primer lugar
las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad. De esta manera
la “memoria del ser” que es la base del obrar moral (sindéresis) se
perfecciona con la anamnesis
(memoria de Dios y de su obrar misericordioso), y se favorece la
correspondencia del cristiano.
Las tres virtudes teologales son en el cristiano la
manifestación de su unión con Cristo en pensamiento, afectos y obras. Y
su conciencia le lleva a percibir que la propia acción ha de ir en la línea de
un vivir y de un obrar “por Cristo, con Él y en Él”, para la gloria de Dios
Padre en el amor del Espíritu Santo.
En segundo lugar la prudencia cristiana (en parte
infusa y en parte adquirida) lleva a integrar todas las acciones en orden al fin
último: la unión con ese Ser que nos ha creado por amor, y respecto del
cual toda nuestra existencia es una vocación que pide una respuesta de amor.
Este buscar el fin último no consiste en unirse a Dios en general o en
abstracto, sino en hacerlo a través de Cristo, y, por tanto, de la Iglesia y
de su misión evangelizadora.
Dicho brevemente: la prudencia de un cristiano se
resuelve en su búsqueda de la santidad con todas las consecuencias. Es
decir, el buscar el amor de Dios y los demás en todos los momentos y acciones
de la existencia, aquí y ahora, por los caminos y con los medios de la
realidad concreta que se tiene delante.
Una consecuencia de esto es que la teología cristiana
tiene una esencial dimensión práctica u operativa. La contemplación de
Dios conduce a amarle con obras, también en todos aquellos que Él ama y en toda
la realidad que nos rodea, puesto que ha salido de Dios y a Él se encamina.
El discernimiento
Como hemos visto, el modo de vivir la prudencia
necesita siempre del discernimiento o juicio sobre la situación, como
momento central y más representativo de la prudencia. Esto presupone una
deliberación que mire a la realidad y va seguido de la decisión para actuar
poniendo determinados medios.
Este discernimiento no es sólo necesario en los actos
individuales de la persona o quien la aconseje. También lo necesitan los responsables
de una comunidad social o de una comunidad cristiana. Por ejemplo, el
parlamento de una nación, una familia, una escuela, una parroquia, etc. Y así
hablamos no solamente de discernimiento personal o espiritual, sino también de
discernimiento social o comunitario, y de discernimiento eclesial. RP
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