Texto del Evangelio (Lc 17,11-19): Un día, de camino a Jerusalén, Jesús pasaba por los confines entre
Samaría y Galilea, y, al entrar en un pueblo, salieron a su encuentro diez
hombres leprosos, que se pararon a distancia y, levantando la voz, dijeron:
«¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, les dijo: «Id y
presentaos a los sacerdotes».
Y sucedió que, mientras iban, quedaron limpios. Uno
de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz; y
postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era
un samaritano. Tomó la palabra Jesús y dijo: «¿No quedaron limpios los diez?
Los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios
sino este extranjero?». Y le dijo: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».
«Postrándose rostro en tierra a los
pies de Jesús, le daba gracias»
Comentario: P. Conrad J. MARTÍ i Martí
OFM (Valldoreix, Barcelona, España)
Hoy, Jesús pasa cerca
de nosotros para hacernos vivir la escena mencionada más arriba, con un aire
realista, en la persona de tantos marginados como hay en nuestra sociedad, los
cuales se fijan en los cristianos para encontrar en ellos la bondad y el amor
de Jesús. En tiempos del Señor, los leprosos formaban parte del estamento de
los marginados. De hecho, aquellos diez leprosos fueron al encuentro de Jesús
en la entrada de un pueblo (cf. Lc 17,12), pues ellos no podían entrar en las
poblaciones, ni les estaba permitido acercarse a la gente («se pararon a
distancia»).
Con un poco de
imaginación, cada uno de nosotros puede reproducir la imagen de los marginados
de la sociedad, que tienen nombre como nosotros: inmigrantes, drogadictos,
delincuentes, enfermos de sida, gente en el paro, pobres... Jesús quiere
restablecerlos, remediar sus sufrimientos, resolver sus problemas; y nos pide
colaboración de forma desinteresada, gratuita, eficaz... por amor.
Además, hacemos más
presente en cada uno de nosotros la lección que da Jesús. Somos pecadores y
necesitados de perdón, somos pobres que todo lo esperan de Él. ¿Seríamos capaces
de decir como el leproso «Jesús, maestro, ten compasión de mi» (cf. Lc 17,13)?
¿Sabemos recurrir a Jesús con plegaria profunda y confiada?
¿Imitamos al leproso
curado, que vuelve a Jesús para darle gracias? De hecho, sólo «uno de ellos,
viéndose curado, se volvió glorificando a Dios» (Lc 17,15). Jesús echa de menos
a los otros nueve: «¿No quedaron limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde
están?» (Lc 17,17). San Agustín dejó la siguiente sentencia: «‘Gracias a Dios’:
no hay nada que uno puede decir con mayor brevedad (...) ni hacer con mayor
utilidad que estas palabras». Por tanto, nosotros, ¿cómo agradecemos a Jesús el
gran don de la vida, propia y de la familia; la gracia de la fe, la santa
Eucaristía, el perdón de los pecados...? ¿No nos pasa alguna vez que no le
damos gracias por la Eucaristía, aun a pesar de participar frecuentemente en
ella? La Eucaristía es —no lo dudemos— nuestra mejor vivencia de cada día.
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