El
anhelo de la libertad es muy fuerte. La libertad es el bien supremo del hombre
de hoy, raíz de su dignidad humana.
¿Qué es la
libertad?
En
el libro “Triunfo” de Michel Quoist, leemos: “Si te sometes a la voluntad de tu
instinto, tienes una ´libertad´ de animal. Si te sometes a la voluntad de la
sensibilidad, de tu imaginación, de tu orgullo, de tu egoísmo... tienes una
libertad de hombre viciado y limitado por el pecado. Si te sometes a la
voluntad de Dios, tienes una libertad de hombre divinizado, una libertad de
hijo de Dios”.
La libertad DE –
PARA
La
libertad no es para nosotros un fin en sí mismo, sino que la libertad es el
gran medio para alcanzar nuestra vocación, nuestra felicidad. Es
libertad para. Por eso, la libertad del cristiano es fundamentalmente
una libertad atada. No es la libertad de la hoja al viento que permanece
estéril, sino que es la libertad de la semilla: enraizada en aquella tierra que
la va alimentar y hacer crecer. La libertad nos permite crecer. Pero para
crecer tenemos que atarnos, enraizarnos. Y nuestro dilema como hombres es: o
nos atamos como hijos a la voluntad de Dios, o nos atamos como esclavos a
falsos dioses, a ídolos. La libertad de, significa, entonces,
ser libres de todas aquellas ataduras que son cadenas y que me impiden crecer.
Los
rivales de Dios son los ídolos, que me prometen felicidades engañosas y que me
convierten en esclavo. En el fondo hay un único gran ídolo: mi propio yo. El
dilema de mi libertad es: la doy amando a otro que no soy yo, o la repliego
egoístamente entorno a mi yo. Y entonces pueden surgir una cantidad de ídolos.
Los
ídolos de la comodidad, la flojera y la irresponsabilidad. El voluntarismo, el
deseo de hacer mi voluntad y que no sea contrariada. El activismo, esa tendencia
a hacer, más que acoger, es muy fuerte en nosotros, sobre todo en el varón.
Otro ídolo es el naturalismo que nos impulsa a rechazar algo clave en la fe que
es el misterio de la cruz. Y son también ídolos algunos impulsos que no
controlamos y que nos tiranizan: el mal genio, la impaciencia y tantas otras
cosas que no hemos logrado dominar.
Entonces,
si queremos ser libres interiormente, tenemos que luchar contra nosotros
mismos, debemos conquistar nuestra libertad paso a paso. No seremos libres
mientras estemos atados a las cosas o a las personas. No son las cosas que se
atan a nosotros, sino somos nosotros los que nos atamos a las cosas, que nos
entregamos a ellas como esclavos.
Para
ponernos en camino hacia la libertad interior, debemos conocernos a nosotros
mismos: nuestras posibilidades, nuestras limitaciones y ataduras
Y
así empieza la lucha de librarnos de todo aquello que entorpece nuestra
verdadera personalidad. Desprendernos de muchas cosas: complejos, angustias,
tiranía de los instintos, desórdenes, faltas de carácter, etc. Es todo el campo
de la autoeducación.
Pero
la libertad no termina aquí. Queremos ser libres para alguien. La posesión de
sí mismo tiene por fin la donación, el compromiso.
El
sentido de la libertad interior es la entrega al Tú, la solidaridad para los
hermanos, la donación a Dios. Entre ambos aspectos (libre de - a fin de ser
libre para) resulta una tensión, una polaridad creadora: libertad - vínculo. NS
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