Texto del
Evangelio (Jn 2,13-22): Cuando se acercaba la Pascua de los judíos,
Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes,
ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con
cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó
el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían
palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado».
Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me
devorará.
Los judíos
entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?».
Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los
judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este
Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del
Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se
acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y
en las palabras que había dicho Jesús.
«Destruid este templo y en tres días
lo levantaré»
Comentario: Rev. D.
Joaquim MESEGUER García (Sant Quirze del Vallès, Barcelona, España)
Hoy, en esta fiesta universal de la Iglesia, recordamos que aunque Dios
no puede ser contenido entre las paredes de ningún edificio del mundo, desde
muy antiguo el ser humano ha sentido la necesidad de reservar espacios que
favorezcan el encuentro personal y comunitario con Dios. Al principio del
cristianismo, los lugares de encuentro con Dios eran las casas particulares, en
las que se reunían las comunidades para la oración y la fracción del pan. La
comunidad reunida era —como también hoy es— el templo santo de Dios. Con el
paso del tiempo, las comunidades fueron construyendo edificios dedicados a las
reuniones litúrgicas, la predicación de la Palabra y la oración. Y así es como
en el cristianismo, con el paso de la persecución a la libertad religiosa en el
Imperio Romano, aparecieron las grandes basílicas, entre ellas San Juan de
Letrán, la catedral de Roma.
San Juan de Letrán es el símbolo de la unidad de todas las Iglesias del
mundo con la Iglesia de Roma, y por eso esta basílica ostenta el título de
Iglesia principal y madre de todas las Iglesias. Su importancia es superior a
la de la misma Basílica de San Pedro del Vaticano, pues en realidad ésta no es
una catedral, sino un santuario edificado sobre la tumba de San Pedro y el
lugar de residencia actual del Papa, que, como Obispo de Roma, tiene en la
Basílica Lateranense su catedral.
Pero no podemos perder de vista que el verdadero lugar de encuentro del
hombre con Dios, el auténtico templo, es Jesucristo. Por eso, Él tiene plena
autoridad para purificar la casa de su Padre y pronunciar estas palabras:
«Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2,19). Gracias a la
entrega de su vida por nosotros, Jesucristo ha hecho de los creyentes un templo
vivo de Dios. Por esta razón, el mensaje cristiano nos recuerda que toda
persona humana es sagrada, está habitada por Dios, y no podemos profanarla
usándola como un medio.
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