Hay quienes
piensan que experimentar con embriones humanos permitirá importantes progresos
en la medicina. Por lo mismo, consideran que es oportuno, incluso necesario,
dejar abierta esta vía de investigación para así dar esperanzas a millones de
enfermos.
Al mismo
tiempo, hay quienes rechazan la experimentación con animales. Consideran que
los animales tienen ciertos “derechos” y no pueden ser tratados simplemente
como material biológico, ni siquiera cuando los experimentos sobre animales
sirvan para descubrir importantes terapias para los seres humanos enfermos.
Si
consideramos juntas estas dos posiciones, resultaría que hay animales
defendidos y seres humanos desamparados en su primera etapa de vida. Esos
animales contarían con aliados convencidos, que buscan una y otra vez maneras
que reciban un trato “adecuado”. Al mismo tiempo, embriones humanos serían
vistos simplemente como material biológico valioso, para usar y tirar, por lo
que estarían mucho más desprotegidos que ciertos animales, como ocurre ya en
aquellos países que ponen serios obstáculos legales a la experimentación con
animales mientras permiten el uso de embriones humanos en algunos experimentos.
Alguno
observará, y con razón, que un ratón o un mono están mucho más desarrollados
que un pequeño embrión humano. Además, el ratón y el mono se mueven, dan
señales de sensibilidad, incluso pueden emitir sonidos. El embrión humano, en
cambio, es tan pequeño y tan “incapacitado”, que no aparecería ante los ojos
del observador como un ser digno de respeto, sino simplemente como un puñado de
células más o menos organizado.
Sin embargo,
entre el embrión humano y el ratón hay una diferencia profunda: el primero
pertenece al género humano y el segundo no. Y los miembros del género humano
tienen un estatuto particular que les hace dignos de derechos.
Ese es el
planteamiento que ha generado lo que conocemos como “derechos humanos”, que
valen para todos los seres humanos, sin discriminaciones debidas al tamaño, al
coeficiente intelectual, al sexo o a otras características. Si un ser humano es
un sujeto de derechos, su vida vale mucho más de lo que pueda valer la vida de
un animal más o menos simpático.
Hay quienes,
no podemos negarlo, rechazan la validez de los derechos humanos, o consideran
que no todos los seres humanos tienen los mismos derechos. Este tipo de
posturas se explica desde planteamientos que justifican discriminaciones:
tienen dignidad y derechos aquellos seres humanos que reúnen ciertas
características, y no los tienen quienes no llegan a esas características.
Pero, ¿Cuáles son esas características? ¿Y quién las establece y según qué
criterios? Existen al respecto muchas posibilidades y teorías, que van desde
los racistas (tienen derechos los que son de tales razas) hasta los
“tamañistas” (tienen derechos quienes han llegado a cierto tamaño en su
desarrollo), pasando por los que se fijan en el sexo, o en el coeficiente
intelectual, o en el rédito, etc.
Pero si el ser
humano posee dignidad propia y tiene derechos, es simplemente en cuanto ser humano,
no en cuanto reciba una etiqueta de calidad otorgada según criterios variables
y arbitrarios.
En el mundo en
el que vivimos es posible escuchar todo tipo de teorías. Pero caemos en una
situación paradójica e injusta si ocurre, como de hecho ocurre, que hay países
donde golpear a ciertos animales es castigado por la ley mientras que la
eliminación de los hijos en el seno de sus madres (aborto) es reconocido como
un “derecho”.
No hay
justicia allí donde un ser humano, por su pequeñez o por otros motivos, es
tratado con una violencia injustificada. Al revés, la justicia empieza allí
donde cada ser humano, pequeño o grande, sano o enfermo, rico o pobre, es
tratado y defendido en sus derechos fundamentales, empezando por el derecho
básico: el que tiene a ser respetado en su propia vida. FP
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