“Ya no vivo yo,
pues es Cristo el que vive en mí". (Gál. 2, 20).
Él no es un
héroe ni un súper-hombre. Conoció el disgusto, la frustración y hasta la
derrota, aunque momentánea.
No es un galán
de novela ni un astro de cine. Anda siempre cubierto de polvo y no posee guardarropa
ni túnica de repuesto.
No tiene armas
ni soldados, excepto un pequeño grupo de doce hombres de condición humilde, que
a la hora del peligro logran disponer de una única espada.
No tiene poderío
económico, ni una choza donde esconderse ni una piedra donde reclinar la
cabeza.
Es uno de
nosotros, uno como yo.
ES EL CRISTO MÍO
DE CADA DIA.
Hablo, pero no
soy yo el que habla. Escribo, pero no soy yo el que escribe; amo, pero no soy
yo el que ama; respiro, pero no soy yo el que respira; vivo, pero no soy yo
quien vive...
Hace tiempo que
no mando más en mi casa. Hace tiempo que no soy dueño de nada. Hace tiempo que mi
historia personal se acabó.
Pese a mí mismo
me tuve que retirar, tuve que salir del frente, desde que Él se instaló en mi
pequeño mundo, con su cruz inseparable, con las pajas de su antiguo pesebre, con
su túnica siempre idéntica.
Así fue como Él
vino, se hizo cargo de todo de tal forma que ahora, sin Él, yo ya no sería más
yo mismo.
¿Dónde fue que
nos encontramos? En cada página del Evangelio. Fue allí que sentí su presencia,
el calor de su mano, el latido de su corazón.
Pero fue también
en la persona de tantos hermanos y hermanas que alternan continuamente a mi
lado, que me escriben, que me telefonean...
Es a causa de
ellos que el Cristo mío de cada día se torna visible.
Es a ellos a
quienes agradezco por ser Cristo para mí y les pido mil disculpas porque no
siempre logro ser Cristo para ellos.
Y tú también,
amigo, si prestas gran atención, oirás el ruido de un paso que se aproxima a tu
casa. Es el paso de Dios que busca una nueva morada, una nueva tierra
prometida: el corazón de la gente, tierra de Dios.
Es el paso de
Aquél que viene a ti para ser el Cristo tuyo de cada día. JC
No hay comentarios.:
Publicar un comentario