Muchas veces había pensado en la importancia que tiene el contexto
socio-político en nuestra manera de leer el Evangelio, pero sólo tomé
conciencia viva de ello cuando estuve viviendo una temporada un poco más larga
en Ruanda.
Todavía recuerdo bien la sensación que tuve al leer el texto evangélico
de este primer domingo de Adviento. No es lo mismo escuchar este discurso
apocalíptico desde el bienestar de Europa o desde la miseria y el sufrimiento
de África.
A pesar de todas las crisis y problemas, en Europa se piensa que el
mundo siempre irá a mejor. Nadie espera ni quiere el fin de la historia. Nadie
desea que cambien mucho las cosas. En el fondo, nos va bastante bien. Desde
esta perspectiva, oír hablar de que un día todo esto puede desaparecer «suena»
a «visiones apocalípticas» nacidas del desvarío de mentes pesimistas.
Todo cambia cuando el mismo Evangelio es leído desde el sufrimiento del
Tercer Mundo. Cuando la miseria es ya insoportable y el momento presente es
vivido como un sufrimiento absolutamente destructor, es fácil percibir por
dentro un sentimiento diferente: «Gracias a Dios, esto no durará para siempre.»
Los que sufren así son quienes mejor pueden comprender el mensaje de
Cristo: «Felices los que lloran, porque de ellos es el Reino de Dios.» Estos
hombres y mujeres cuya existencia es dolor están esperando algo nuevo y
diferente que responda a sus anhelos más hondos de vida y de paz.
Un día «el sol, la luna y las estrellas temblarán», es decir, todo
aquello en que creíamos poder confiar para siempre se hundirá. Nuestras ideas
de poder, seguridad y progreso se tambalearán. Todo aquello que no conduce al
ser humano a la verdad, la justicia y la fraternidad se derrumbará y «en la
tierra habrá angustia de la gente».
Pero el mensaje de Cristo no es de desesperanza para nadie: Aún
entonces, en el momento de la verdad última, no desesperéis, estad despiertos,
«manteneos en pie», poned vuestra confianza en Dios. Viendo de cerca el
sufrimiento cruel de aquellas gentes de África, me sorprendí a mí mismo
pensando algo que puede parecer extraño en un cristiano. No es propiamente una
oración a Dios. Es un deseo ardiente y una invocación ante el misterio del
dolor humano. Es esto lo que me salía de dentro: «Por favor que haya Dios.» JAP
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