domingo, 11 de agosto de 2019

La Familia de cara a Dios

Cada vez se generaliza más una concepción muy superficial del amor, de la sexualidad, del pudor y de la familia, sin meditar suficientemente sobre los efectos en las almas y sobre los demás miembros de la familia y la sociedad. Es necesario reconstruir la sociedad fortaleciendo a la familia de cara a Dios.
Pienso que si seguimos como vamos, cada vez  habrá más desorientación y problemas en el alma de las personas, en la desunión de las familias, derivando en problemas sociales graves. Sin embargo, tengo mucha esperanza y fe en  Dios y sé que Su Amor triunfará produciéndose una gran transformación y en eso nuestra querida Iglesia, tiene mucho que aportar. La misión primordial de la Iglesia y de la familia de cara a Dios es la de apoyarnos unos a otros en nuestra vida terrena con la guía del evangelio como medio para nuestro tránsito al cielo.
La Iglesia debe iluminar las conciencias respecto a lo bueno y lo malo de acuerdo a la ley natural y a nuestra fe, ayudar a discernir entre el bien y el mal para que las personas podamos liberarnos de la esclavitud del pecado y podamos vivir la libertad y felicidad de los hijos de Dios. Sobre muchos temas relacionados a la familia hay mucha desorientación y nuestra tarea es llevar luces guiados por las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. La  misión es universal, no está circunscrita a nuestra fe, porque Dios Padre dispuso que todo sea sometido a los pies de Jesucristo, mediante la acción de su Espíritu Santo en el mundo y en su Iglesia, el cuerpo místico del Señor. Todo debe  realizarse por amor y respetando la libertad.
Pienso que el problema de la familia está fundamentado en no comprender por qué y para qué de nuestra existencia de cara a Dios y a la vida Eterna y la relativización de los valores fundamentales de nuestra fe, viendo como corrientes y naturales pecados que atentan contra la dignidad humana, la familia y la sociedad. Lo que podemos apreciar a nuestro alrededor es que la concupiscencia, la fornicación, el adulterio, el egoísmo, la soberbia, las rencillas, los resentimientos y demás pecados son las causas más frecuentes para el deterioro de nuestras almas y la división de las familias. Muchos de estos pecados a veces no los reconocemos porque se disfrazan de amor y cada vez los medios de comunicación, e incluso a veces las instituciones educativas, los muestran como más cotidianos y corrientes, confundiendo en la formación a las nuevas generaciones. Incluso a veces en la misma Iglesia, ayer me decía una joven que se había acercado a la iglesia para pedirle al sacerdote que orara por ella y su esposo, que estaban con riesgos de divorcio, y el padre le respondió que ella estaba joven que podía rehacer su vida.
Creo que es urgente de parte de la Iglesia un pronunciamiento más claro y contundente de la unidad indisoluble del vínculo de los esposos y de los pecados que atentan contra la familia, para bien de las almas y el futuro de la sociedad. Así como para una madre o un padre su hijo no deja de ser su hijo nunca, aunque su comportamiento no sea el mejor, de igual manera los esposos tienen lazos invisibles tan fuertes, que la influencia mutua es muy grande y siempre se van a afectar por el comportamiento del otro al igual que los hijos. La solidaridad empieza en la familia o si no es muy difícil llevarla a la sociedad. Todo lo que dice el evangelio es para vivirlo primero en el corazón, después en la familia y luego en la sociedad.
No es para que nos juzguemos unos a otros sino para que podamos purificar nuestras conciencias, salvar nuestras almas y la célula primordial de la familia. Pienso que profundizar en  Mateo 5,17 y siguientes,  en el que Nuestro Señor nos invita a cumplir la ley en todo detalle de nuestra vida y se refiere explícitamente al enojo, al adulterio, al divorcio, al juramento en vano, a la venganza, y nos invita a las buenas obras y a la oración. Todo un manual de conducta para aplicar en el corazón, en la familia y en la sociedad.
“El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos… Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio, pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. (Mt 5, 19. 27-28)
Jesús, que nos conoce, sabe que el enamorarse de alguien fuera del matrimonio se puede evitar si se corta de raíz, de entrada, si nuestra voluntad dice un no radical por amor fiel a la pareja. Es necesario que comprendamos que la infidelidad al esposo o esposa, lo son a Dios, y que la pureza del vínculo matrimonial hay que trabajarla desde la mente y el corazón. El enamoramiento infiel fue explicitado por Nuestro Señor como el origen  del adulterio y hoy nuestra sociedad lo tiene endiosado. JAdeP

No hay comentarios.:

Publicar un comentario