Cada vez se
generaliza más una concepción muy superficial del amor, de la sexualidad, del
pudor y de la familia, sin meditar suficientemente sobre los efectos en las
almas y sobre los demás miembros de la familia y la sociedad. Es necesario
reconstruir la sociedad fortaleciendo a la familia de cara a Dios.
Pienso que si
seguimos como vamos, cada vez habrá más desorientación y problemas en el
alma de las personas, en la desunión de las familias, derivando en problemas
sociales graves. Sin embargo, tengo mucha esperanza y fe en Dios y sé que
Su Amor triunfará produciéndose una gran transformación y en eso nuestra
querida Iglesia, tiene mucho que aportar. La misión primordial de la Iglesia y
de la familia de cara a Dios es la de apoyarnos unos a otros en nuestra vida
terrena con la guía del evangelio como medio para nuestro tránsito al cielo.
La Iglesia
debe iluminar las conciencias respecto a lo bueno y lo malo de acuerdo a la ley
natural y a nuestra fe, ayudar a discernir entre el bien y el mal para que las
personas podamos liberarnos de la esclavitud del pecado y podamos vivir la
libertad y felicidad de los hijos de Dios. Sobre muchos temas relacionados a la
familia hay mucha desorientación y nuestra tarea es llevar luces guiados por
las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. La misión es universal, no
está circunscrita a nuestra fe, porque Dios Padre dispuso que todo sea sometido
a los pies de Jesucristo, mediante la acción de su Espíritu Santo en el mundo y
en su Iglesia, el cuerpo místico del Señor. Todo debe realizarse por amor
y respetando la libertad.
Pienso que el
problema de la familia está fundamentado en no comprender por qué y para qué de
nuestra existencia de cara a Dios y a la vida Eterna y la relativización de los
valores fundamentales de nuestra fe, viendo como corrientes y naturales pecados
que atentan contra la dignidad humana, la familia y la sociedad. Lo que podemos
apreciar a nuestro alrededor es que la concupiscencia, la fornicación, el
adulterio, el egoísmo, la soberbia, las rencillas, los resentimientos y demás
pecados son las causas más frecuentes para el deterioro de nuestras almas y la
división de las familias. Muchos de estos pecados a veces no los reconocemos
porque se disfrazan de amor y cada vez los medios de comunicación, e incluso a
veces las instituciones educativas, los muestran como más cotidianos y
corrientes, confundiendo en la formación a las nuevas generaciones. Incluso a
veces en la misma Iglesia, ayer me decía una joven que se había acercado a la
iglesia para pedirle al sacerdote que orara por ella y su esposo, que estaban
con riesgos de divorcio, y el padre le respondió que ella estaba joven que
podía rehacer su vida.
Creo que es
urgente de parte de la Iglesia un pronunciamiento más claro y contundente de la
unidad indisoluble del vínculo de los esposos y de los pecados que atentan
contra la familia, para bien de las almas y el futuro de la sociedad. Así como
para una madre o un padre su hijo no deja de ser su hijo nunca, aunque su
comportamiento no sea el mejor, de igual manera los esposos tienen lazos
invisibles tan fuertes, que la influencia mutua es muy grande y siempre se van
a afectar por el comportamiento del otro al igual que los hijos. La solidaridad
empieza en la familia o si no es muy difícil llevarla a la sociedad. Todo lo
que dice el evangelio es para vivirlo primero en el corazón, después en la familia
y luego en la sociedad.
No es para que
nos juzguemos unos a otros sino para que podamos purificar nuestras
conciencias, salvar nuestras almas y la célula primordial de la familia. Pienso
que profundizar en Mateo 5,17 y
siguientes, en el que Nuestro Señor nos invita a cumplir la ley en todo
detalle de nuestra vida y se refiere explícitamente al enojo, al adulterio, al
divorcio, al juramento en vano, a la venganza, y nos invita a las buenas obras
y a la oración. Todo un manual de conducta para aplicar en el corazón, en la
familia y en la sociedad.
“El que no
cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo
mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que
los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos… Ustedes
han oído que se dijo: No cometerás adulterio, pero yo les digo: El que mira a
una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón”. (Mt 5, 19. 27-28)
Jesús, que nos
conoce, sabe que el enamorarse de alguien fuera del matrimonio se puede evitar
si se corta de raíz, de entrada, si nuestra voluntad dice un no radical por
amor fiel a la pareja. Es necesario que comprendamos que la infidelidad al esposo
o esposa, lo son a Dios, y que la pureza del vínculo
matrimonial hay que trabajarla desde la mente y el corazón. El
enamoramiento infiel fue explicitado por Nuestro Señor como el origen del
adulterio y hoy nuestra sociedad lo tiene endiosado. JAdeP
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