Hoy
es fiesta grande para los creyentes. Una fiesta que no es sino el eco del
anuncio pascual: Cristo ha resucitado.
También
María ha sido resucitada por Dios. Aquella mujer que supo acoger como nadie la
salvación que se le ofrecía en su propio Hijo, ha alcanzado ya la vida
definitiva.
La
que supo sufrir junto a la cruz la injusticia y el dolor de perder a su Hijo,
comparte hoy su vida gloriosa de resucitado y nos invita a caminar por la vida
con esperanza.
Porque,
antes que nada, la asunción de María es una fiesta que confirma nuestra
esperanza cristiana: hay salvación para el hombre. Hay una vida definitiva que
se ha cumplido ya en Cristo y que se le ha regalado ya a María en plenitud. Hay
resurrección.
María
es la Madre de nuestra esperanza. Ella es «la perfectamente redimida» (K. Rahner). En ella se ha realizado ya
de manera eminente y plena lo que esperamos un día vivir también nosotros.
Pero
María es sobre todo Madre de esperanza para los más pobres y los más
crucificados de este mundo. Si María es grande y bienaventurada para siempre es
porque Dios es el Dios de los pobres.
María
se alegra de que Dios sea así. El Dios de los pobres y los humillados. El que
ha sabido mirar la humillación y bajeza de su esclava. El que no se ha detenido
ante Popea o Cleopatra, sino que ha fijado su mirada en una pobre campesina sin
aureola, cultura ni riquezas.
Al
cantar hoy el Magnificat, recordemos quién es el Dios que ha glorificado a
María y en el que ella ha puesto todo su gozo y su esperanza.
No
es el Dios neutral e indiferente en el que, con frecuencia, nosotros pensamos.
Es el Dios de los pobres. «El que derriba del trono a los poderosos y enaltece
a los humildes; el que colma de bienes a los hambrientos, y a los ricos despide
con las manos vacías».
Estas
palabras, como dice J. L. González Faus, «no son palabras de ningún profeta
agresivo ni de ningún guerrillero violento, sino que han brotado de la ternura,
la limpieza y el gozo que caben en el corazón de María; ese corazón que había
guardado la memoria y el gozo de Jesús, quien bendecía al Padre porque ha
ocultado su reino a los aristócratas de la tierra y lo ha revelado a los poca
cosa». JAP
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