Mi cáliz sí lo beberéis.
En pocos años
ha crecido de manera insospechada el número de gente, sobre todo jóvenes, que
recorren “el camino de Santiago”. No es fácil saber a qué se debe exactamente
tal atracción. Peregrinar es mucho más que hacer deporte o vivir una aventura.
Mucho más que emprender un viaje turístico o recorrer una ruta cultural. ¿Qué
buscan quienes se ponen en camino hacia Santiago?
El camino ha
sido desde muy antiguo un símbolo empleado para significar la vida humana.
Vivir es caminar, dar pasos, marchar hacia el futuro. Lo dijo de forma bella
Jorge Manrique en sus famosas Coplas: “Partimos cuando nacemos andamos mientras
vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos así que cuando morimos descansamos”.
Quien
peregrina largas horas fácilmente comienza a repensar su vida de peregrino por
esta tierra. El camino es siempre marcha hacia adelante: ¿hacia dónde? El
peregrino se pone en camino por algo: ¿qué le anima a emprender la marcha? Sin
meta no hay camino sino un ir de una parte a otra vagando sin sentido. Sólo la
meta convierte el recorrido en camino. Sólo la meta da sentido a los esfuerzos
de cada día. La pregunta es inevitable: ¿cuál es la meta de la vida?, ¿hacia
dónde hemos de encaminar nuestros pasos?
Siempre se
emprende el camino con esperanza y cierto temor, con confianza y con
incertidumbre. Es necesario andar el camino acertado, no extraviarse, no seguir
caminos equivocados. Así sucede también en la vida. Hemos de encontrar nuestro
propio camino: ¿qué quiero hacer con mi vida?, ¿a qué quiero dedicarla? La
grandeza de una persona se mide por la meta a que aspira y por el ideal que
moviliza sus esfuerzos. Sólo cuando sigue su vocación personal, sale el joven
de la indefinición y del gregarismo.
Con el paso de
los días, la peregrinación se va convirtiendo en escuela que permite ahondar en
lo esencial de la vida. El cansancio, la marcha en silencio, la perseverancia
en el esfuerzo van conduciendo al peregrino hacia el fondo de su corazón. Es
entonces cuando pueden brotar las preguntas esenciales: ¿No es Dios la meta
última del ser humano? ¿No es la vida un peregrinar hacia nuestra patria
verdadera? ¿No es Cristo el camino que hemos de seguir para encontrarnos con el
Padre?
La llegada a
Santiago, el encuentro con el apóstol testigo del Señor, la acción de gracias a
Dios, la súplica callada, la reconciliación sacramental y la participación en
la eucaristía puede culminar una experiencia religiosa renovadora como pocas. JAP
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