Texto del
Evangelio (Lc 4,14-22): En aquel
tiempo, Jesús volvió a Galilea por la fuerza del Espíritu, y su fama se
extendió por toda la región. Él iba enseñando en sus sinagogas, alabado por
todos.
Vino a
Nazaret, donde se había criado y, según su costumbre, entró en la sinagoga el
día de sábado, y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del
profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba
escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para
anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a
los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y
proclamar un año de gracia del Señor».
Enrollando el
volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos
estaban fijos en Él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de
oír, se ha cumplido hoy». Y todos daban testimonio de Él y estaban admirados de
las palabras llenas de gracia que salían de su boca.
«El Espíritu del Señor está sobre
mí, porque me ha ungido»
Comentario:
Rev. D. Antoni CAROL i Hostench (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, España)
Hoy recordamos que «quien ama Dios, ame también a
su hermano» (1Jn 4,21). ¿Cómo
podríamos amar a Dios a quien no vemos, si no amamos a quien vemos, imagen de
Dios? Después que san Pedro renegara, Jesús le preguntó si le amaba: «Señor, tú
lo sabes todo, tú sabes que te amo» (Jn
21,17), respondió. Como a san Pedro, también a nosotros nos pregunta Jesús:
«¿Me amas?»; y queremos responderle ahora mismo: «Tú lo sabes todo, Señor, tú
sabes que te amo a pesar de mis deficiencias; pero ayúdame a demostrártelo,
ayúdame a descubrir las necesidades de mis hermanos, a darme de verdad a los
otros, a aceptarlos tal como son, a valorarlos».
La vocación del hombre es el amor, es vocación a
darse, buscando la felicidad del otro, y encontrar así la propia felicidad.
Como dice san Juan de la Cruz, «al atardecer seremos juzgados en el amor». Vale
la pena que nos preguntemos al final de la jornada, cada día, en un breve
examen de conciencia, cómo ha ido este amor, y puntualizar algún aspecto a
mejorar para el día siguiente.
«El Espíritu del Señor está sobre mí» (Lc 4,18), dirá Jesús, haciendo suyo este
texto mesiánico. Es el Espíritu del Amor que así como hizo del Mesías el
«ungido para llevar la buena nueva a los pobres» (cf. Lc 4,18), también ‘reposa’ encima nuestro y nos conduce hacia
el amor perfecto: como dice el Concilio Vaticano II, «todos los fieles, de
cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y
a la perfección de la caridad». El Espíritu Santo nos transformará como hizo
con los Apóstoles, para que podamos actuar bajo su moción, otorgándonos sus
frutos y, así, llevarlos a todos los corazones: «El fruto del Espíritu es:
caridad, paz, alegría, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre,
templanza» (Gal 5,22-23).
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