“La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia en la
fe”, nos dice el Catecismo de la Iglesia
(n. 148). Muchos cristianos encuentran difícil el ejercicio de la fe. El
Espíritu Santo nos ha dejado en María un modelo cercano para vivir la fe. Ella
nos invita a abandonarnos en Dios, como lo hizo en el momento en que el ángel
le anunció el plan que el Señor tenía para Ella. Juan Pablo II habla del “claro
oscuro” de la fe de la Virgen María y de una peregrinación en la fe. Cuando
pensamos en la fe de los grandes personajes del Antiguo Testamento, de María,
de José quizás tenemos en mente la fe de unos ‘gigantes’, que, en comparación
con nosotros, hombres y mujeres de poca fe, son muy superiores a nosotros.
Es cierto que ellos vivieron de fe, pero su fe, fue como la nuestra
sometida a la prueba. No fue una fe fácil, sino siempre en camino, siempre
abierta a las grandes sorpresas de Dios. María, a quien el ángel Gabriel llamó
“llena de gracia” y llena de la presencia del Espíritu Santo, una vez que el
mensajero celeste la dejó, se quedó sola con la carga de misterio que llevaba
en su corazón y en su cuerpo. Muchas preguntas se haría dentro de su alma y
muchas preguntas le podrían poner los otros a las que Ella no sabría responder.
Vivió toda su vida con el misterio y lo aceptó abandonándose en manos del
Padre. Por ello, Isabel al saludarla la llama dichosa porque ha creído (Lc 1, 45).
Isabel, quizás sin saberlo, nos está dando la clave de la felicidad, de
la dicha, que tanto buscamos los hombres y tan difícil nos es acercarnos a ella
y poseerla en plenitud. Isabel pone en relación la felicidad, con la fe. En la
medida en que tenemos más fe, somos más dichosos. A veces pensamos lo
contrario, que la fe nos hace infelices, que nos obliga a someternos a una
serie de reglas insoportables, que nos encierra en una prisión llena de
preceptos, que no nos deja disfrutar de la vida. Y no es así. La fe nos da la
verdadera dimensión del ser humano que es la dimensión espiritual. Es cierto
que tenemos un cuerpo, pero este mismo cuerpo está como permeado por el alma. Y
la fe nos abre a la dimensión del espíritu que, junto con el cuerpo, constituye
la unidad el ser humano en su ser personal.
María fue una mujer libre y liberadora porque vivió de fe. Fue dichosa
en la fe. Abrió horizontes nuevos a su vida gracias a la fe. Ella nos enseña
que creer es sencillo aunque ser fiel a la fe comporta una espada que traspasa
el alma, ‘para que se descubran los pensamientos de muchos corazones’ (Lc 2, 35).
El cristiano es, como María, hombre de fe y por eso es dichoso. “Santo
triste, triste santo”, decía la gran santa de Ávila. La fe nos da la clave de
la felicidad, de esa plenitud de una existencia de quien se sabe amado por un
Amor infinito que nunca fallará. María llevó en su corazón y en su cuerpo ese
Amor, el Emmanuel, el Dios con nosotros que nos acompaña en cada instante. Ella
lo dio al mundo y nos lo da a cada uno de nosotros para que, acogiéndolo en la
fe, se nos abran, también a nosotros, las puertas de la felicidad. PB
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