Nos dejaría sorprendidos si alguien nos dijese: “te ordeno que seas
alegre”. Porque la alegría no parece que caiga bajo ningún mandamiento. Porque,
según parece, estar alegres, vivir en un gozo profundo, conseguir un estado de
felicidad completa, se colocaría en un nivel que no depende de nuestras
decisiones, propósitos o buenos deseos. Y si no depende de nuestra voluntad,
tampoco podría ser mandado. Sin embargo, en cierto sentido sí se puede ‘mandar’ la alegría. San
Pablo se atrevió a pedirlo con su pluma limpia, desde su escucha al Espíritu
Santo. “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” Flp 4,4.
Jesucristo mismo, al final de las bienaventuranzas, nos dijo: “Alegraos
y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos...” Mt 5,12. O, como leemos en otro pasaje:
“alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” Lc 10,20.
El mensaje cristiano es un mensaje de alegría. Es ‘Evangelio’, que
significa ‘buena noticia’ o ‘noticia alegre’. Es esperanza, es paz, es
consuelo, es gozo profundo. Porque Dios ha entrado en la historia humana.
Porque el demonio ha sido arrojado fuera. Porque la misericordia destruye el
pecado. Porque el Hijo nos muestra el rostro del Padre. Porque la muerte ha
sido derrotada. Porque el Señor tiene preparado un lugar para cada uno en el
Reino de los cielos.
Necesitamos aprender a ver con alegría nuestra fe cristiana. Necesitamos
presentarla con toda su belleza a los hombres. Lo recordaba en una de sus
primeras entrevistas el Papa Benedicto XVI, poco antes de ir a Colonia para
reunirse con los jóvenes de todo el mundo (agosto de 2005). A la pregunta ¿qué
querría decir a los jóvenes? el Papa respondía:
“Quisiera mostrarles lo bonito que es ser cristianos, ya que existe la
idea difundida de que los cristianos deban observar un inmenso número de
mandamientos, prohibiciones, principios, etc., y que por lo tanto el
cristianismo es, según esta idea, algo que cansa y oprime la vida y que se es
más libre sin todos estos lastres. Quisiera en cambio resaltar que ser
sostenidos por un gran Amor y por una revelación no es una carga, sino que son
alas, y que es hermoso ser cristianos. Esta experiencia nos da amplitud, pero
sobre todo nos da comunidad, el saber que, como cristianos, no estamos jamás
solos: en primer lugar encontramos a Dios, que está siempre con nosotros; y
después nosotros, entre nosotros, formamos siempre una gran comunidad, una
comunidad en camino, que tiene un proyecto de futuro: todo esto hace que
vivamos una vida que vale la pena vivir. El gozo de ser cristianos, que es
también bello y justo creer”.
¿Se puede mandar la alegría? Quizá podríamos responder que sí, si
entendemos por alegría ese ‘gozo de ser cristianos’ que nace del mayor acto de
‘obediencia’ que los hombres podemos hacer: la obediencia, llena de Amor, que
nos permite acoger libremente al Hijo de Dios hecho Hombre por nosotros.
Acoger su Evangelio de esperanza y de misericordia, sentirlo presente y
vivo en la Iglesia, recordar sus palabras desde la luz interior del Espíritu
Santo, ¿no es una fuente de profunda alegría?
Podemos, por lo tanto, vivir alegres, darnos con gozo y sin miedos al
Padre que nos ama, servir con entusiasmo a nuestro hermano. Vale la pena
recordar siempre que “Dios ama al que da con alegría” (2Co 9,7) y que “hay más
alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35).
Entonces, sí se puede mandar la alegría. Porque también Dios nos ha
mandado que le amemos desde su mismo Amor, desde su entrega plena, desde su
Encarnación redentora, desde su Cruz humilde, desde una presencia callada y
constante en su Iglesia. Amados y amantes, seremos felices, seremos dichosos,
seremos perfectos como perfecto es nuestro Padre de los cielos. FP
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