Tener salud no resulta
fácil. Basta una infección, una corriente de aire, una comida no adecuada, una
alergia, para que empiecen los problemas.
Por eso, cuando la salud brilla en momentos buenos,
hay oportunidades maravillosas para entregarnos con mayor plenitud a los demás. No siempre será una
salud perfecta, pero basta la suficiente para que empecemos a salir de nosotros
mismos para amar y servir.
¿Qué bien puedo hacer
ahora? ¿Qué deberes puedo cumplir? ¿A quién puedo ayudar? ¿Cómo aprovechar esa
energía que tengo disponible?
Al valorar la salud como don reconocemos que es algo no merecido. Millones
de seres humanos están imposibilitados por enfermedades, algunas terribles.
Por eso, al despertarme
y gozar de un nuevo día, puedo agradecer a Dios este don tan grande y empezar a
emplearlo de la mejor manera posible: dándome.
Quizá mañana las fuerzas
empiecen a fallar, los dolores se hagan más molestos, un virus limite mis
posibilidades. La salud de ahora
se convierte en un tesoro que puedo invertir para beneficiar a otros.
Cuando pierda la salud
(ese momento llega más tarde o más temprano), Dios me concederá otros modos de
darme, con la oración, la paciencia, la sonrisa ante quienes me ayuden.
Mientras la tenga, o
tras recuperarla después de una enfermedad superada, pediré luz a Dios para que
la sepa aprovechar en tantas obras buenas. Porque la salud es un don maravilloso que recibo para darme a los
demás... FP
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