Texto del
Evangelio (Mt 18,15-20): En aquel
tiempo, Jesús dijo a los discípulos: «Si tu hermano llega a pecar, vete y
repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no
te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado
por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la
comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el
publicano. Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el
cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
»Os aseguro
también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir
algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.
Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos».
«Si tu hermano llega a pecar, vete
y repréndele, a solas tú con él»
Comentario:
Prof. Dr. Mons. Lluís CLAVELL (Roma, Italia)
Hoy, el Evangelio propone que consideremos
algunas recomendaciones de Jesús a sus discípulos de entonces y de siempre.
También en la comunidad de los primeros cristianos había faltas y
comportamientos contrarios a la voluntad de Dios.
El versículo final nos ofrece el marco para
resolver los problemas que se presenten dentro de la Iglesia durante la
historia: «Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos» (Mt 18,20). Jesús está
presente en todos los períodos de la vida de su Iglesia, su ‘Cuerpo místico’
animado por la acción incesante del Espíritu Santo. Somos siempre hermanos,
tanto si la comunidad es grande como si es pequeña.
«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele,
a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). ¡Qué bonita y leal es la
relación de fraternidad que Jesús nos enseña! Ante una falta contra mí o hacia
otro, he de pedir al Señor su gracia para perdonar, para comprender y,
finalmente, para tratar de corregir a mí hermano.
Hoy no es tan fácil como cuando la Iglesia era
menos numerosa. Pero, si pensamos las cosas en diálogo con nuestro Padre Dios,
Él nos iluminará para encontrar el tiempo, el lugar y las palabras oportunas
para cumplir con nuestro deber de ayudar. Es importante purificar nuestro
corazón. San Pablo nos anima a corregir al prójimo con intención recta: «Cuando
alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con
espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser
tentado» (Gal 6,1).
El afecto profundo y la humildad nos harán buscar
la suavidad. «Obrad con mano maternal, con la delicadeza infinita de nuestras
madres, mientras nos curaban las heridas grandes o pequeñas de nuestros juegos
y tropiezos infantiles» (San Josemaría).
Así nos corrige la Madre de Jesús y Madre nuestra, con inspiraciones para amar
más a Dios y a los hermanos.
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