“Tener los mismos sentimientos de Cristo” (Fil 2,5). Este era el consejo que San
Pablo daba a la primitiva comunidad cristiana de Filipos y del cual se puede
sacar mucho provecho para vivir la Semana Santa.
¿Cuáles son esos sentimientos, esos motivos que
Cristo guarda en su corazón? Ante todo, un profundo amor al Padre por el que
hace todo. El ‘GPS’ que dirigió su vida fue siempre ese: “¡He aquí que vengo,
oh Dios, para hacer tu voluntad!” (Hb
10,7).
Los evangelios son testimonios de esta entrega
plena de Jesús a la voluntad de su Padre. “No vine a hacer mi voluntad sino la
voluntad del que me ha enviado” (Jn
5,30). O cuando Cristo dijo: “el que me ha enviado está conmigo no me ha
dejado solo pues siempre hago lo que le es de su agrado” (Jn 8, 29).
El Jueves Santo lo veremos, en su momento más
dramático, volveremos a recordar ese hilo conductor que motivó toda su
existencia humana: “Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).
Jesús es el eterno enamorado de la voluntad de su
Padre. No hay nada más para Él que agradar a su Padre y esto significa cumplir
su voluntad. Vemos que esto agrada al Padre y muestra esta satisfacción con su
Hijo durante la Transfiguración en el Tabor cuando dice: “Este es mi Hijo amado
en quien me complazco” (Mt 3,17).
El otro sentimiento que Cristo tenía en su corazón
era el amor a los hombres. ¡Los amaba tanto! Sus entrañas se conmovían
profundamente al contemplar a los hombres que estaban como ovejas sin pastor (cf. Mt 9,36). Llega incluso a derramar
lágrimas y a conmoverse al ver la tristeza de María por la muerte de su hermano
Lázaro y es tan evidente su compasión que los mismos judíos exclaman: cómo le
quería (cf. Jn 11,33-36).
Ante las tentaciones de riquezas y poderío que el
demonio le ofreció a Nuestro Señor, Él no se puso de rodillas para alabarle. Sí
lo hace, en cambio, para lavarle los pies a Judas, que está a punto de
traicionarle (cf. Jn 13,5). Así es
Jesús: un corazón lleno de amor, humildad y ternura para con los hombres.
Incapaz de no amar.
Con tal de ganar un alma más para su Reino, estuvo
dispuesto a perdonar al buen ladrón minutos antes de pasar de este mundo al
Padre (cf. Lc 23,43). Él sabía que
valía la pena todo el sufrimiento, todo el dolor, toda la incomprensión, toda
la soledad e injuria con tal de conseguir para nosotros la vida eterna en la
que estaremos junto a Él en el cielo.
Estos sentimientos de su corazón le movieron a
“despojarse de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a
los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil 2,6-8).
También nosotros podemos hacer propios estos
sentimientos del corazón de Cristo y aplicarlos en nuestra vida. Mostrarle
nuestra gratitud a Dios esforzándonos por cumplir su voluntad en las
circunstancias particulares de nuestra vida, ya que sean agradables o arduas.
Imitar sus sentimientos comprendiendo a nuestros compañeros de trabajo, de
colegio, de oficina, sabiendo que todo lo que les hacemos o dejamos de hacer es
a Cristo mismo a quien se lo hacemos (cf
Mt 25,40). JPB
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