Al parecer, el
crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al
nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían
en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y
siguiendo sus pasos.
Sin duda, fue
importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y
profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones.
Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no
conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar
la cena del Señor.
No hemos de
pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos,
reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes
cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No pocos
teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena
parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos
por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que
tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.
La fe
cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras
territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no ha abandonado la Iglesia
quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad
de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin
de semana.
Los sectores
más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el
reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II
hace esta afirmación: “El Evangelio... es para la Iglesia principio de vida para
toda la duración de su tiempo”. En cualquier época y en cualquier sociedad es
el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.
Nadie conoce
el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas
que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la
sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos
ocupar de lo esencial.
Tal vez Jesús
irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a
través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de
un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar
por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos
a sus llamadas. JAP
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