Observando la población de los países occidentales en particular, los países que se podrían definir
maduros, como los Estados Unidos y los que forman la Europa de los 2000 se nota
que el porcentaje de población con una edad por encima de sesenta años sigue creciendo sensiblemente. Hoy las personas comprendidas en esa franja
de edad representan cerca de un cuarto del total. En los países emergentes, en
cambio, no llegan a un décimo. Y ya se nota que los costes de esta tendencia en
realidad no son sostenibles.
El envejecimiento de la población puede considerarse, de
hecho, el verdadero origen de la crisis económica actual. Pero en el próximo decenio
sus efectos corren el riesgo de no ser ya soportables, porque el porcentaje
cada vez mayor de personas que sale de la fase productiva se transformará en un
coste fijo imposible de absorber y de sostener por parte de quienes producen.
Además, cada vez menos personas entran en el ciclo productivo y, cuando logran
entrar, lo hacen muy lentamente. Sin considerar los cambios del concepto de
ocupación generalizado hasta hace poco tiempo.
Los costes de una población cada vez más anciana no podrán,
por lo tanto, ser sostenidos por los jóvenes, los cuales, además de ser cada
vez menos, podrían también preguntarse por qué deberían hacerlo, sobre todo si
son inmigrantes.
Otro fenómeno, menos observado, relativo al envejecimiento de
la población está en el cambio de la estructura del consumo. Sintetizando un
poco cruelmente, se podría afirmar que se compran menos coches, pero más
medicinas. Está cambiando, y cambiará cada vez más, también el ciclo de
producción del ahorro, en disminución y destinado a desplomarse: primero porque
ha debido sostener el consumo; y segundo, a causa de la drástica reducción de
los ingresos.
Frente a esta realidad, es indispensable tener la valentía de
afrontar el tema de los nacimientos y del envejecimiento de la población.
Descuidarlo es perjudicial, y por esto ya es improrrogable la planeación de
estrategias para sostener concretamente a las familias en su vocación natural a
tener hijos. Sólo así se podrá poner en marcha una verdadera recuperación
económica. Una familia de hoy con dos salarios gana menos de lo que ganaba hace
treinta años la misma familia con un sólo salario. Y esta es la consecuencia
del crecimiento de los impuestos sobre el producto interno bruto, que se han
duplicado en el mismo período precisamente para absorber las consecuencias del
envejecimiento debido a la caída de los nacimientos.
Los gobernantes de los países maduros deben invertir en la familia y en
los hijos para generar un rápido crecimiento económico, gracias a la activación
de factores como el aumento de la demanda, el ahorro y las inversiones. Así las
personas ancianas serían más aceptadas, y no sólo soportadas, como a veces
sucede hoy. En el fondo, la naturaleza misma enseña que si el hombre y la mujer
no engendran hijos es difícil que alguien cuide de ellos cuando envejezcan. El
Estado puede intentarlo, pero con costes altísimos. EGT
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