Nadie puede agradar, a
la vez, a dos personas con gustos distintos, con maneras distintas de ser o de
ver las cosas; e, incluso con criterios distintos.
En el Evangelio
escuchamos a Jesús que dice: “Nadie puede servir a dos señores: porque
aborrecerá a uno y amará al otro; o bien, se entregará a uno y despreciará al
otro. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mt. 6, 24)
Esos dos señores a los
que no se les puede servir a la vez, según Jesús, son: Dios y el dinero.
El amor a Dios, y el amor al dinero, no pueden darse juntos. Igualmente no se
puede servir al mundo (entendido como lo mundanal) y a Dios. Tampoco se puede
servir a nuestro propio orgullo y a Dios. Y tantas otras cosas que no son
compatibles con el servicio a Dios.
Dios es uno, y no se le
puede adorar juntamente con otros ‘dioses’. Los humanos (la mayoría) tenemos
diversos dioses. A veces, nosotros mismos nos endiosamos, y quitamos parte de
lo que le pertenece al único Dios. Hay muchas cosas que las convertimos en
‘dioses’; que las preferimos al Dios verdadero; que ocupan en nuestra vida un
valor más importante; y que acaparan nuestro corazón, nuestros deseos. Y
desplazamos al único Dios que debiera ocupar todo el espacio del corazón, de la
inteligencia, de los sentimientos, y de toda la vida.
Cuando el tener y el
poseer son prioritarios en nosotros, empezamos a tener ‘un señor’ al
cual acabamos sirviendo, porque nos recompensa materialmente. Y acaba esclavizándonos,
y separándonos del Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; el Dios de Jesucristo.
Quisiéramos jugar en la
vida con dos barajas, que nos asegurasen siempre el ganar. Tener varios dioses, incluso
teniendo al otro Dios, de reserva, para cuando hiciese falta. Pero Dios no es
un comodín, para cuando haga falta usarlo. Eso sería manipulación; y al
verdadero Dios no se le puede manipular. No es intercambiable como los cromos
de nuestra niñez.
La finalidad de Dios
para con nosotros, y la de los dioses creados a nuestro antojo, es totalmente
distinta y opuesta. Y, aunque las apariencias engañan, podemos decir que solo
el verdadero y único Dios puede hacernos felices en esta vida y en la otra.
Si te dejas llevar de
los caprichos, de las luces de fantasía del mundo, del placer o de la
comodidad, harás acopio de muchos dioses, que van a satisfacer tus apetitos,
pero no crean paz ni felicidad. Todo es pasajero, dura lo que los fuegos de
artificio. Y después, tu espíritu queda en soledad, porque nada puede llenar tu
corazón.
El gran santo, Agustín
de Hipona, decía: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está
inquieto, hasta que descanse en Ti”.
Dios es como un gran
imán, que atrae todas las partículas metálicas, que somos nosotros. Y sería ‘contra
natura’, que las partículas no se sintiesen atraídas. FG
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