Soy una semilla Señor. Siémbrame en tu Corazón, para que pueda germinar y dar frutos. La repetí una y otra vez, hasta que desperté. No comprendí bien su significado hasta que reflexioné en esta parábola: Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra? Pero él le respondió: Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas (Lucas 13:6-9).
Entonces lo supe: por sus frutos los conoceréis (Mt 7,16).
Tomé papel, un bolígrafo y escribí.
“LA ORACIÓN DE LA SEMILLA”
He visto una semilla Señor, que ha caído en la vereda del camino.
Tú la creaste. ¿Qué hace allí? Espera la tierra
fértil, la lluvia del invierno, la brisa del verano. Si no los encuentra, ¿dónde podrá
germinar? Un niño pasa cerca, pero no la
ve. El viento la mueve a su gusto,
de un lado a otro. Debe germinar, y crecer y dar frutos. Para eso la creaste. Soy
como esa semilla Señor. El viento me
lleva de un lado a otro y aún no vivo,
según tu voluntad. Siémbrame en tu
Corazón, para que pueda germinar y dar frutos para ti. Señor yo también quiero germinar y crecer. Quisiera hacer tantas cosas y no puedo. Reconozco mi inutilidad. Sin ti, ¿qué puedo hacer? Tú lo has dicho: “Sin mí no pueden nada”. Y yo, sin ti, nada puedo. Soy una semilla Señor. Siémbrame en tu Corazón, para que
pueda germinar y dar frutos. CdeC
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