Es muy notable como la misma actitud, el mismo gesto, puede
en dos personas distintas contener significados opuestos. Una buena acción de
alguien a veces nos deja con la extraña sensación de que algo está mal allí. Y
la misma situación puesta en cabeza de otra persona parece ser sin dudas un
gesto de amor sincero.
Otras veces, una acción que nos parece incorrecta a la luz de
nuestro pobre juicio, nos deja con la impresión de que en el fondo puede no
estar tan mal. Y puesta en cabeza de otra persona, ¡definitivamente es una mala
actitud! ¿Qué es lo que ocurre?
Ocurre que hay algo que es invisible a nuestros ojos: es la
intención verdadera que tiene la persona en el corazón. ¡Y sólo Dios puede ver
lo que ocurre en nuestros corazones! Es por este motivo que Jesús nunca dejaba
a sus discípulos juzgar a los demás, porque muchas veces el silencio humilde de
una persona la colocaba en actitud incómoda frente a los hombres, ante un
supuesto mal gesto. Sin embargo, en su corazón, esta persona guardaba una
intención recta y sincera para con Dios. Y otras veces, quienes se esforzaban
en aparecer justos y nobles frente a los hombres eran quienes abrigaban
intenciones más indignas en el corazón.
Las cosas que se hacen deben estar originadas en intenciones
virtuosas, intenciones de hacer el bien. Esto es más importante que las
consecuencias mismas de nuestras acciones, ya que Dios ve en lo profundo de
nuestros corazones, muy por encima de la opinión de los hombres sobre nuestros
actos. Y no hay que preocuparse tanto de cómo luzcamos frente a los demás, ya
que no son ellos quienes nos juzgarán cuando llegue el momento de sopesar
nuestra vida: será el Justo Juez, Jesús, quien dictamine si hubo intención
virtuosa en la forma en que hemos vivido.
Por otra parte, es preferible pensar que los demás tienen una
intención virtuosa en sus actos, y no desconfiar al extremo de accionar
permanentemente nuestras defensas en anticipación a ser engañados o
perjudicados. Si el otro tuvo intención virtuosa, Dios verá con agrado como dos
de sus hijos obran en el bien. Y si el otro se aprovechó de mí, pues tendré un
perjuicio a nivel humano, pero seré visto con mirada agradable por Dios. Y el
juicio Divino recaerá sólo sobre el otro.
Jesús llevó la intención virtuosa al extremo de jamás haber
pecado. Y si bien El es Dios, también fue hombre. Y como tal estuvo sometido a
la tentación: recordemos los cuarenta días en el desierto, y tantas otras veces
en que los hombres lo sometieron a presiones e intentos de engaño. Sin embargo,
en treinta y tres años de vida ¡jamás pecó! Buena parte de las acusaciones que
los hombres hicieron para llevarlo a la muerte, fueron acumulándose en la
negativa de Cristo a aceptar las reglas de juego del mundo: El simplemente tuvo
intención virtuosa en todo lo que hizo, más allá de las reacciones de los
hombres. Claro que llevar la intención virtuosa a tal extremo de perfección
tuvo sus consecuencias: ¡Nuestro Señor terminó crucificado en el Gólgota!
Hagamos
todo en la vida con una intención virtuosa, con ánimo de hacer el bien. Las
cosas nos podrán ir bien o mal, pero sin dudas estaremos en el sendero que Dios
marca para nosotros. OS
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