El llamado mal de ojo es la persuasión de que una persona
puede causar daño a otra con solo mirarla. Era algo muy extendido en el mundo
pagano, de forma que se pueden encontrar ejemplos en todos los continentes.
Quizás porque, en una cultura en la que se ve al hombre sometido a espíritus
caprichosos y en ocasiones malignos, el simple hecho de que sobreviniera un
infortunio poco después de que alguien nos mirara fijamente ya daba pie para
pensar que el mal de ojo era una realidad.
Con la llegada del cristianismo todas estas creencias se
diluyeron (ya antes el judaísmo las rechazaba, pero era una religión
circunscrita al pueblo de Israel). Han quedado restos, pero calificados como
supersticiones, pues siempre lo fueron.
En ocasiones se utiliza la expresión para expresar un
conjuro, lo cual ya es algo distinto, pues se refiere a palabras: una
maldición, un maleficio, es decir aquello que se hace para dañar a alguien con
la intervención del demonio. Algunos inadecuadamente lo llaman mal de ojo,
aunque nada tiene que ver con la mirada ni el ojo.
Es también supersticioso pensar que unas palabras pueden ser
una especie de clave que desata fuerzas ocultas maléficas. Pero en ocasiones
puede haber por medio algún tipo de intervención diabólica, lo que es algo
distinto. Como toda intervención del diablo, alcanza solo hasta donde Dios
permite que llegue, pero puede tener algún efecto. En el fondo, como sucedió
con la vida terrena del mismo Jesucristo, Dios utiliza para el cumplimiento de
sus planes incluso la maldad del demonio, por lo que no puede sorprender que
siga ocurriendo alguna vez.
¿Qué hacer si uno tiene alguna sospecha de que alguien ha
hecho un maleficio contra él? Primero habría que decir que -de existir intervención
diabólica- casi nunca se puede llegar a la certeza de que tal intervención se
está operando, incluso el especialista tendrá dificultad para tener tal
certeza, mucho menos para una persona particular sin grandes conocimientos
sobre el tema. Pero si un maleficio ha sido practicado el único modo de
destruirlo es hacer justo lo contrario: invocar
a Dios.
Es decir, si una persona ha invocado al demonio para hacer el
mal, se trata de que la víctima invoque a Dios para que le proteja, le ayude y
le bendiga. El bien siempre es más fuerte que el mal.
El P. José Fortea nos indica que a la gente que va a su
parroquia diciendo que sufren un maleficio le digo que la única medicina y
remedio es que hagan cada día lo siguiente:
-rezar un misterio del rosario
-leer cinco minutos el Evangelio
-hablar con Dios durante unos instantes
-la misa (dominical o con más frecuencia)
-colocar en la casa un crucifijo bendecido
-colocar una imagen bendecida de la Virgen María
-santiguarse con agua bendita una vez al día
Haciendo estas cosas el mal que sufren si es del demonio irá
remitiendo. Pero si no remite en ninguna medida, eso sería signo de que no
estaba provocado por un maleficio.
¿Y si no había maldición alguna?, pues a nadie le hace mal
realizar lo arriba planteado. JdelaV-H
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