En otras épocas históricas la importancia e influencia de los
mayores en la sociedad de su tiempo, llegó a ser de gran importancia. En
nuestra sociedad y por motivos distintos vuelven a tener un protagonismo del
que no se debe hacer dejación. En primer lugar, y por suponer un numeroso
colectivo, al ser sujetos con derecho a voto tienen la obligación de aportar a
la sociedad su experiencia y sabiduría colaborando en los cambios de la
sociedad. En segundo lugar, y debido a la temprana edad de jubilación, a el
aumento en la prolongación de la vida, a la situación de pluriempleo de los
hijos y a la experiencia y sabiduría acumulada, los abuelos de esta generación
estamos llamados a prestar un gran servicio a nuestros hijos y por tanto a esta
sociedad, a través de la educación de nuestros nietos.
Protagonistas importantes en la
educación de los nietos
Si es cierto que la educación es fruto del amor y del cariño,
los abuelos estamos en extraordinarias condiciones de colaborar con nuestros
hijos en estos aspectos de la educación que constituyen la base y cimiento para
el desarrollo armónico de la personalidad de todo individuo. Estos valores
educativos se transmiten por ósmosis, por contacto físico, a través de la
convivencia en el trato diario. De todos es sabido la íntima relación cariñosa
y de ‘complicidad’ y entendimiento que se establece entre abuelos y nietos.
Nuestros hijos, en la mayoría de los casos, por motivos laborales
principalmente, no disponen del tiempo necesario para realizar esta labor en un
clima de sosiego, paciencia y serenidad, tan necesarios en el proceso
formativo. Sería una actitud demasiado egoísta plantearse esta etapa de la vida
como premio y descanso al trabajo realizado hasta ahora desentendiéndose de los
problemas que nos rodean. Los abuelos estamos obligados, por vocación, a seguir
prestando nuestro mejor servicio para la consecución de una sociedad más justa,
solidaria y más humana, a través de la familia concreta en la que nos
desenvolvemos.
Otra condición necesaria para educar, junto con
el tiempo suficiente para poder hacerlo, es poseer y haber experimentado los
valores que se pretenden transmitir, valores que ennoblecen al ser humano y le
dan sentido a su existencia.
1.-Experiencia y sabiduría
A lo largo de los años hemos ido adquiriendo la sabiduría
suficiente para ser verdaderos maestros en el conocimiento de los valores
verdaderos y de los caminos que llevan a la verdadera felicidad. Por esto los ancianos siempre estuvieron revestidos de
una especial dignidad en todas las culturas históricas, por considerarles
dotados del conocimiento de la ciencia de la vida, es decir, poseedores de la
sabiduría. Sabiduría que es sinónimo de prudencia, tan necesaria en el actuar
humano. Se dice que “sabio no es sólo el que conoce las cosas, sino el que sabe
ordenarlas con vistas a su último fin”. No
podemos privar a nuestros nietos de esta riqueza que hemos ido acumulando a lo
largo de los años y que constituye nuestro mayor tesoro, la mejor herencia que
podemos trasmitirles.
2.- Savia y fortaleza
Pero la influencia de los abuelos en la familia no se agota
con nuestra colaboración en la educación de los nietos, sino que llega más
allá.
Por todo lo anteriormente dicho debemos ser para nuestras
respectivas familias lo que las raíces y el tronco son para los árboles:
alimento y sostén. Lo más bonito y agradable de los árboles son las ramas, las
flores y los frutos. Pero nada de esto sería posible sin la sabia que aportan
las raíces y sin la fortaleza y el apoyo del tronco. En una sociedad donde todo
se tambalea, la firmeza de los mayores en la defensa de los valores humanos y
sobrenaturales que sostienen y enriquecen a la sociedad, se hacen actualmente
imprescindibles. Nuestro testimonio de fidelidad a los compromisos que un día,
ya lejano, sellamos con un “sí quiero”, deben ser guía y orientación en la
actuación de nuestros hijos y de nuestros nietos Es este un servicio que
nosotros debemos prestar y que esta sociedad demanda a gritos.
3.- En presencia de Dios
Poniendo a Dios por testigo iniciamos esta gran aventura de
crear una familia. Y se multiplicaron los frutos: primero, los hijos, y después
los segundos frutos del amor matrimonial, los nietos. Y se llenaron de vida y
alegría nuestros hogares. Me alegra comprobar que se cumplió lo que en aquel
momento, el Sacerdote que representaba a Dios en ese acto, nos deseó con
palabras de la Sagrada Escritura: “Que
vuestra unión sea fecunda, que seáis padres de probada virtud, y que veáis,
ambos, los hijos de vuestros hijos hasta la tercera y cuarta generación”. MCCh
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