Pueden ser aquellos sentimientos que nos quitan la felicidad: la envidia, el rencor, la ambición, los celos, el egoísmo, la inseguridad.
“Pero lo que sale de la boca procede del corazón, y eso es lo que mancha al hombre” (Mateo 15,18).
“Desechad toda maldad todo engaño y toda clase de hipocresía envidia o maledicencia” (1 Pedro 2,1).
También puede esclavizarnos nuestro pasado: alguna herida de la infancia, algún amor no correspondido, alguna traición o una pérdida dolorosa; todo aquello que no podemos olvidar e incluso, perdonar.
“Soportaos unos a otros y perdonaos si alguno tiene queja contra otro. Del mismo modo que el Señor os perdonó, así también vosotros debéis perdonaros” (Colosenses 3,13).
La rutina también puede ser una esclavitud: todos los días realizando las mismas actividades y en los mismos horarios no deja espacio para nada nuevo, nada distinto, para ninguna sorpresa de nuestro Señor.
Un exceso de afectividad hacia ciertas personas también puede transformarse en una causa de esclavitud, en la medida que no podamos establecer los límites pertinentes. Así como también podemos ser esclavos de las mismas personas que nos rodean, pues destinamos nuestros esfuerzos en agradarles ya sea para pertenecer a un grupo o para ser considerados en algún lugar.
“¿A quién busco agradar, a los hombres o a Dios? Si tratara de agradar a los hombres, no agradaría a Dios” (Gálatas 1,10).
Sin percatarnos, podemos estar paralizados por el miedo; al éxito, al fracaso, a la crítica, a la opinión de las personas, a cometer errores, a la soledad, a la traición: personas esclavizadas por el miedo.
“¿Qué más podemos decir? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Romanos 8,31).
“El Señor irá delante de ti; él estará contigo, no te dejará ni te abandonará; no temas ni te desanimes” (Deuteronomio 31,8).
“Porque no recibisteis el espíritu de esclavitud para recaer de nuevo en el temor, sino que recibisteis el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre!” (Romanos 8,15).
“No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lucas 12,32).
Pues bien, todo aquello que nos esclaviza representa pequeños ídolos.
“La idolatría no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios” (Papa Francisco).
La Sagrada Escritura nos dice: “No tendrás otros dioses frente a mí” (Éxodo 20,3).
Un “Dios”, es aquello que está en el centro de nuestra vida y de lo que dependemos, aquello que ocupa nuestro pensamiento. Y centrarse en aquello que no es de Dios, es idolatría. Nuestro trabajo, pasatiempo, incluso el conyugue, puede ser un ídolo.
Es tiempo de reflexión, ¿Qué te esclaviza? ¿Cuál es tu ídolo? Si hacemos una especie de examen de conciencia podemos identificar aquello. Lo importante es no perder nuestro centro, Jesús. Colocar nuestra atención en otras cosas nos hace olvidar que nuestra prioridad es Dios y nuestras acciones deben guiarse por su ley, por sus mandamientos, por las bienaventuranzas.
“Reconocer las propias idolatrías es un inicio de gracia que pone en el camino del amor” (Papa Francisco).
Dejemos entonces nuestras amarras, las cadenas que no nos hacen libres para gozar del amor de Dios. Volver a la fuente verdadera, al único motor de nuestras vidas, a aquel que dio la vida por nosotros. Jesús nos invita a dejar a los pies de su cruz, todo aquello que nos impide seguirlo, porque no hay más: Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6). MYB
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