Inés Bojaxhiu era
una soñadora. Pertenecía al coro juvenil de su iglesia y a una asociación
mariana. Gustaba de leer las revistas misionales y se extasiaba en los
artículos que hablaban de la India. A los 18 años ingresó a la comunidad de
religiosas de Loreto quienes le ayudaron a hacer realidad su sueño al mandarla
a la India. Pero, ya en Calcuta, Inés seguía soñando. Como maestra de colegio
comenzó a interesarse por ‘los más pobres de los pobres’ y les enseñó a sus
alumnas la compasión. En una ocasión, invitó a una de ellas a ser religiosa y
la jovencita le respondió que aceptaría cuando ella se dedicara de tiempo
completo a los pobres. Entonces Inés dio ese paso que le faltaba para realizar
su sueño: con los permisos debidos, dejó las clases en el colegio y fundó una nueva
comunidad con aquella jovencita que quería servir a los pobres de tiempo
completo y con otros muchos hombres y mujeres que se dedicaron a recoger la
‘basura humana’ tirada en las calles de Calcuta. Mereció el Nobel de la paz,
que por esa vez fue el Nobel de la compasión. ¡Sí!, es Teresa de Calcuta.
¿Es buena la compasión?
“¡Me choca que me
compadezcan!”, decimos cuando nuestro orgullo se siente ofendido por algún
comentario inoportuno que ciertamente no es compasión, porque la compasión no
se expresa con palabras, sino con acciones.
En sus raíces la
palabra significa ‘padecer con’. Compadecer no es sólo sentir lástima por el
dolor o la pena ajena, sino amar tanto al que padece que se padece con él.
La compasión es
fruto del amor. Es buena la compasión, y en la práctica vemos los eficaces
resultados de la compasión de tanta gente que ama a sus hermanos y que hace
algo por ellos.
La Cruz Roja,
Cáritas, Teletón, Un Kilo de Ayuda, Sólo por Ayudar, Casa Alianza, Aldeas
Infantiles, Nuestros Pequeños Hermanos y miles y miles de asilos, orfanatos,
escuelas, clínicas y dispensarios han nacido de la compasión. ¡Bendita
compasión!
No es compasión
La compasión, ¿no
va contra la dignidad de la persona?, ¿no es una humillación al pobre? Depende.
Los regalos entre personas que se aman no humillan. Se dan y se reciben con
naturalidad. Pero, ciertamente, si ese regalo persigue otro fin que no sea la
amistad, entonces se está utilizando a aquel a quien le hacemos un regalo para
fines muy personales.
Si en mi parroquia
diéramos dispensas a los pobres para conseguir de ellos que asistan a Misa, que
se casen por la Iglesia, que se catequicen, entonces corrompemos la compasión y
sólo estamos haciendo una vil propaganda religiosa. Estamos comprando
prosélitos.
Cuando los políticos
no buscan en primer lugar el bien común, sino el impacto propagandístico, todas
sus obras de atención a los sectores más pobres son una inversión que les
redituará adeptos.
No hay compasión
cuando se publica a los cuatro vientos el bien que se hace.
Yo quiero ser compasivo, pero...
Todos los que
tenemos corazón nos compadecemos del dolor humano. Quisiéramos pasar de esa
compasión a una ayuda efectiva, pero... no tenemos los medios.
Pero la compasión
no siempre se expresa en ayuda que implique un gasto. Conozco a una mujer que
se ofrece a comprar el mandado de una ancianita encerrada en su casa por los
achaques.
Una Ministra
Extraordinaria de la Comunión acude a media noche a socorrer a una pareja de
viejitos enfermos que no tienen quién vea por ellos. Un patrullero atiende
amablemente a un menesteroso que ha sufrido un accidente y no se despega de él
hasta que llega la ayuda médica. Unos esposos visitan cada semana un asilo de
ancianos y los reúnen para rezar el Rosario con ellos.
Todos ellos son
compasivos... ¡como Dios, que es compasivo y misericordioso!
“Ten, dale”
Una señora,
evidentemente pobre, está comprando una medicina. Le han dicho el precio y ella
pregunta si no hay un tamaño más pequeño y más barato. No, no lo hay. El rostro
de la señora se llena de angustia, cuenta y recuenta lo que lleva y no le
alcanza. A su lado, otra mujer se da cuenta, le da un billete a su niño y en
voz baja le dice “ten, dale”. ¡Así se aprende la compasión!
Un niño aprende a ser compasivo:
Cuando ayuda a
estudiar a un compañero.
Cuando brinda su
amistad al que nadie quiere.
Cuando visita a un
familiar enfermo.
Cuando escucha
pacientemente a un anciano.
Cuando comparte sus
juguetes favoritos, no los que ya no sirven.
Cuando trata con
educación y respeto al pobre que necesita ayuda. SGR
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