El padre abad
acababa de tener una nueva discusión con un familiar. El tema era sobre el
respeto a los animales y el aborto.
El abad estaba
convencido de que es mucho más importante analizar lo que ocurre en cada aborto
y buscar maneras para que ninguna madre elimine voluntariamente a su hijo.
El familiar,
por su parte, deseaba un mayor compromiso de la Iglesia para promover la
protección de los animales, y se enfadaba cuando el abad hablaba una y otra vez
sobre el tema del aborto.
Parecía un
diálogo de sordos. El abad pensaba que aquel familiar estaba condicionado por
ideologías que promueven los derechos de los animales y dan muy poca
importancia a la justicia para todos los seres humanos.
El familiar
creía que el abad estaba encerrado en un mundo superado, que vivía desde
prejuicios ‘medievales’, que era incapaz de reconocer que la lucha contra el
aborto era causa perdida, y que estaba cegado respecto de la dignidad de los
animales.
De este modo,
cuando entraban en el tema, la discusión se hacía animada. Gracias a Dios,
había respeto por ambas partes, lo cual se agradece mucho en un mundo donde los
debates terminan en insultos.
Pero no
encontraban maneras para avanzar hacia la verdad. Una verdad que, para el abad,
se construye sobre un principio irrenunciable: cada ser humano posee un alma
espiritual que viene directamente de Dios.
Solo desde ese
principio era posible promover una cultura de la vida, orientada con urgencia a
permitir el nacimiento de todos los hijos, a ayudar a los niños pequeños que
viven en ambientes pobres, a ofrecer apoyo a las madres en dificultad.
Luego, así lo
veía el abad, resulta posible dedicar atenciones a animales que hacen bella la
vida humana, y que tienen valor precisamente como un regalo de Dios para que
nos acompañen y ayuden en este misterioso y bello camino en el tiempo hacia la
eternidad... FP
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