El
silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de
nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en
nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se va a ocupar de cosas tan poco
estimadas hoy como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?
Privados
de alimento interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma,
revistiéndonos de capas y más capas de proyectos, ocupaciones e ilusiones.
Hemos aprendido ya a vivir «como cosas en medio de cosas» (Jean Onimus). Pero lo triste es observar que, con demasiada
frecuencia, tampoco la religión es capaz de dar calor y vida interior a las
personas. En un mundo que ha apostado por «lo exterior», Dios resulta un
«objeto» demasiado lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida
diaria.
Por
ello no es extraño ver que muchos hombres y mujeres «pasan de Dios», lo
ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido vivir sin tener necesidad de
él. Quizá existe, pero lo cierto es que no les «sirve» para su vida.
Los
4 evangelistas presentan a Jesús como el que viene a «bautizar con Espíritu
Santo», es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla
con la fuerza del Espíritu. Y quizá la primera tarea de la Iglesia actual sea
precisamente la de ofrecer ese «bautismo de Espíritu Santo» a los hombres y
mujeres de nuestros días.
Necesitamos
ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de
más íntimo en el ser humano, en el mundo y en la vida. Un Espíritu que nos
enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas y en el
centro de nuestra existencia.
No
basta que el evangelio sea predicado. Nuestros oídos están demasiado
acostumbrados y no escuchan ya el mensaje de las palabras. Solo nos puede
convencer la experiencia real, viva, concreta, de una alegría interior nueva y
diferente.
Hombres
y mujeres convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una
agitación exterior y vacía, cansados ya de casi todo y sin apenas alegría
interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco nuestra vida,
invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y abrirnos
confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia? ¿Podrán ser
nuestras comunidades cristianas un espacio donde vivamos acogiendo el Espíritu
de Dios encarnado en Jesús? JAP
No hay comentarios.:
Publicar un comentario