Por
un lado, Dios con su grandeza, su bondad, su omnipotencia.
Dios
es perfecto, bueno. Su nombre más hermoso: Padre. Su deseo más grande: acoger a
sus hijos en casa. Su pena más honda: nuestra ingratitud, desidia, pereza,
pecado. Su potencia más conmovedora: la misericordia ofrecida a todos.
Por
otro lado, la pequeñez del hombre. Miseria, egoísmo, impureza, avaricia, odio,
soberbia, ingratitud. Un cúmulo de males y de mezquindades de todo tipo. Vidas
vacías a pesar del cúmulo de experiencias y emociones con las que, locamente,
buscamos apagar la sed de bien, de verdad, de belleza, que sólo podemos
encontrar en Alguien como Dios.
¿Cómo
se conjugan dos polos tan diferentes? El movimiento inicia siempre desde el
lado de Dios: por amor nos creó. Por amor nos espera. Por amor ofrece tiempo
para que sea posible romper con el pecado, volver a casa, empezar a recorrer el
camino que lleva a vivir de modo bueno.
Sin
la disponibilidad del hombre, Dios no puede cambiar los corazones. Hace falta,
ante la acción que viene del Amor, abrir puertas, dejar miedos, confiar. La
parte que corresponde a la libertad humana no puede ser sustituida ni siquiera
por Dios.
Pero
incluso ese abrir, cambiar, empezar de nuevo, es ya parte del gran regalo de
Dios.
Sólo
cuando acogemos la luz que viene del cielo, somos capaces de descubrir la
presencia del pecado. Entonces reconocemos nuestros errores y mezquindades.
Estamos listos para alzar los ojos al cielo y suplicar el regalo del perdón.
Así
empieza una nueva historia. Dios y mi corazón han entrado en sintonía. Empiezo
a vivir según la Alianza de Amor que Cristo trajo al mundo por encargo de su
Padre, que también es nuestro. FP
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