Esta
dualidad parece insalvable, o al menos, difícil de realizar en un mismo acto,
pues, todo mi mundo interior, que por muy pequeño que sea será infinito, ¿Es
comunicable a los demás? ¿Hasta dónde me comprenden, hasta dónde me acompañan
los que me escuchan, los que me atienden, los que me quieren?
Todos
los días entramos en nuestro interior más o menos profundamente. El
conocimiento personal se va haciendo indispensable con el pasar de los años.
Examinarse con objetividad y sinceridad da como resultado una persona coherente
y madura, en marcha ascendente hacia la superación y la perfección. El
ejercicio de examinarse continuamente forma un hombre que difícilmente se
presentará en quiebra total y a quien difícilmente las abatirán las pruebas y
contrariedades de la vida. Y sin embargo ¡cuántas formas hay de hacerlo!
Piénsese
en esas formas existencialistas de Camus, Sartre o el famoso psicoanálisis de
Freud, todos, amigos de los ‘grandes discursos mentales’, de parrafadas y
monólogos con nuestro yo más egoísta, más antipático y menos sincero.
Introspecciones de minería que terminan por derrumbar nuestra estima, nuestros
proyectos y, en no pocas ocasiones, la fe y la moral. Por fortuna existen
formas mucho más serenas y objetivas.
Después
está la otra esfera, más evidente si se quiere: el diálogo. Ya lo dijimos: nos
movemos entre seres, en un mundo que nos define y a la vez nos limita; entre
realidades diversas de mí: cosas inertes o animadas, sonidos, imágenes. Pero es
sobre todo con personas con las que esta estructura de comunicación llega a su
punto más alto.
Nadie
lo niega: la sola mirada humana es capaz de entrar en relación con los demás.
Sin necesidad de palabras revelas gran parte del corazón y del alma. El hombre
no puede evitarlo, es social por naturaleza, lo necesita para realizarse como
persona y ser feliz. Y así la palabra TU llega a ser esencial. “Ya no se
refiere a una cosa entre las cosas, sino que llena el horizonte. No es que nada
exista fuera de él; sino que todas las cosas subyacen, se subordinan a su luz”,
escribía Martin Buber.
Puestos
a pensar, nos resulta claro que, en el fondo, la amistad es un diálogo íntimo y
prolongado, que supera la barrera del tiempo, del espacio y de la misma muerte.
Aristóteles en su ‘Ética a Nicómaco’ habla de las características de la
amistad:
En
primer lugar, el amigo busca el bien del otro, cueste lo que cueste. Después,
reciprocidad: yo te quiero, tú me quieres. Y por último conocimiento recíproco
del recíproco amor. En palabras de Pedro: “Tú lo sabes todo, sabes que te
quiero”. La amistad jamás se debe viciar por el interés o la inclinación
placentera desenfrenada.
Pero
no debemos olvidar el problema planteado: mi amigo, mi mejor amigo, tal vez el
único, ¿hasta dónde me conoce? ¿Cuál es su experiencia de mi existencia? El
comparte mis alegrías y mis dolores, los siente suyos, pero no lo son. Existe
en el alma humana una profundidad tan honda que es difícil descifrarla por
completo. Por más que nos esforcemos en participarla, siempre hay algo, aunque
sea sutil, que el otro no alcanza entender hasta sus más profundas raíces o que
nosotros no logramos desvelar.
Lo
único que saltaría esta barrera sería un Amigo -así, en mayúscula- que viviese
dentro de mí, pero que fuera distinto de mí. Uno a quien por virtud propia le
esté permitido asomarse a los rincones más profundos de mi ser. Un Amigo con
quien pueda hablar y llamar confiadamente de TU. ¿Imposible? Bien se sabe que
no. La síntesis de introspección y diálogo se llama oración. Sí. A la oración
se va a hablar con el Buen Dios que habita en nosotros pero que es distinto de
nosotros. Sabe de ante mano lo que queremos confiarle y, como son los buenos
amigos, tiene la paciencia de escucharlo íntegramente, aunque sea la enésima
vez. Como nos movemos en un plano de amistad profunda sobran los formalismos,
basta abrir el corazón. Se trata de una renovación desde Dios hecha en un
diálogo sencillo, sin mezcla de vanidades o amor propio. Te conoce tal cual
eres, pero tú tienes que reconocerlo de frente a Él y así emprender el camino
hacia la superación personal, que en palabra más cristiana se llama santidad,
la amistad más limpia y sincera que el hombre puede concebir.
Empezar
a orar siempre es un reto. Como sucede con todos los hábitos, se forma y
fortalece poco a poco. Primero se empieza, reloj en mano, con cinco minutos,
procurando que sea un momento concreto del día (antes de salir al trabajo o a
la universidad, antes de la comida o después de clases, o durante un trayecto
de rutina). Así se inicia. Con distracciones, dificultades, obstáculos. No con
revelaciones o éxtasis, que además no hacen falta. Lo que si hace falta es un
alma sedienta de Dios y un corazón dispuesto a tomar en serio los compromisos
que de ella nazcan.
La
oración es un gran horizonte donde se funden dos realidades que parecían tan
distantes como el cielo y la tierra. Los une porque tiene como objeto a quien
es capaz de todo. Aquel que dijo que “lo que pidierais a mi Padre Él os lo
dará”.
Allí
están los dos mundos: el interior y el exterior reconciliados por la oración. JMV
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