jueves, 13 de diciembre de 2018

El Dios de la Esperanza

Estad siempre despiertos.
No son teorías de los pensadores. Lo sienten así las personas de los países más desarrollados. Las grandes palabras del siglo XX, «libertad», «justicia», «felicidad», están hoy en crisis. La fe en el progreso comienza a ser sustituida por el pesimismo. ¿Qué nos espera en el futuro?
Por otra parte, la fe cristiana parece haber perdido su fuerza para dar sentido y aliento al ser humano. No son pocos los que consideran la religión como una fase ya superada dentro del desarrollo de la humanidad.
Entre los mismos cristianos, las cosas han cambiado profundamente en pocos años. Crece la indiferencia, el abandono y la «apostasía silenciosa». Se difunde en no pocos un «desafecto interior» hacía la Iglesia. Quizás por primera vez, amplios sectores de individuos que se dicen cristianos perciben de manera difusa, a niveles profundos de su conciencia, una especie de inseguridad o desasosiego en torno a su fe.
Son tiempos en los que la humanidad anda buscando un mensaje de esperanza. Una experiencia nueva capaz de liberar al hombre contemporáneo del escepticismo, el cansancio y la indiferencia.
Lo más importante en estos momentos no es potenciar la autoridad religiosa para imponer desde fuera una seguridad. Como dice H. Zahmt, la renovación no llegará «administrando burocráticamente los residuos de fe» de la sociedad contemporánea.
Lo más importante no es tampoco el desarrollo de la teología especializada. Alguien ha dicho con ironía que «primeramente se hablada con Dios, luego se comenzó a hablar de Dios, más tarde se pasó a hablar del problema de Dios y se ha terminado hablando de la posibilidad de hablar acerca de Dios». La teología es necesaria, pero lo cierto es que la esperanza sólo puede venir de un Dios que es más grande que todas nuestras discusiones doctrinales.
Lo que el hombre de hoy necesita es que alguien le ayude a encontrarse con «el Dios de la esperanza». Un Dios en el que se pueda creer, no por tradición, no por miedo al infierno, no porque alguien lo ordena así, no porque alguno lo explica brillantemente, sino porque puede ser experimentado como fundamento sólido de esperanza para el ser humano.
Ese Dios sólo puede ser anunciado por creyentes que vivan ellos mismos radicalmente animados por la esperanza. El testimonio de «una esperanza vivida» es la mejor respuesta a todos los escepticismos, indiferencias y abandonos.
El Adviento es una llamada a despertar la esperanza. Si el cristianismo pierde la esperanza, lo ha perdido todo. Cristianos «habituados a creer desde siempre», ¿qué hemos hecho de la esperanza cristiana? JAP

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