Encontramos
este relato en Mc 12, 41-44.
Nos encontramos ante una escena que nos enseña la
perspicacia de Cristo y el espíritu de observación que le caracterizan. Acababa
de instruir a los suyos sobre el peligro de la vanidad, del apego a las cosas
materiales, de la búsqueda de la fama, y toma asiento frente al arca del
Tesoro. Desde allí ve cómo algunos ricos echaban mucho en el arca del Tesoro.
Pero descubrió también a una pobre viuda que echó sólo dos monedas. Hasta allí
todo normal. Unos echan más y otros echan menos. Entonces llama a sus discípulos
y les dice algo que impresiona y que solo él podía conocer: Esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del
Tesoro. Pues todos han echado de lo que les sobraba; ésta, en cambio, ha echado
de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir. No hay más comentarios, ni la escena continua. Lo ha
dicho todo. Sobre todo, ha descubierto en aquella mujer una actitud espléndida:
el comportamiento de alguien que solo lo espera todo de Dios. Otra vez nos
encontramos ante una mujer sin nombre, no sabemos si joven o mayor, de quien
sólo sabemos que era viuda.
A veces resulta difícil comprender la realidad de la
virtud teologal de la esperanza. La esperanza a nivel humano es una de las once
pasiones más fuertes de la persona (amor, esperanza, deseo, gozo, odio,
aversión, temor, tristeza, ira, audacia, desesperación) y consiste
fundamentalmente en el sentimiento que confía poder poseer el bien ausente.
Este sentimiento sostiene al ser humano a pesar de las dificultades. Pero lógicamente
lo importante para nosotros es la esperanza teologal que es la que nos mantiene
a los cristianos de pie en medio de las dificultades que se oponen a la
salvación.
La esencia de la esperanza cristiana es el deseo de
Dios como bien supremo nuestro, deseo que se asienta firmemente en la bondad y
omnipotencia divinas que nos asegura el alcanzar la salvación eterna, es decir,
a Dios mismo. Es el amor de Dios hacia nosotros quién nos asegura esta
posibilidad y quién logra que no pongamos nuestro corazón en los bienes de la
tierra, sino más bien en los bienes del cielo. Este deseo de Dios es realmente
el que estimula el camino del bien. Quien no espera algo, no lucha por ello.
Cuando más fuerte es el deseo, más fuerte es la lucha. En nuestra sociedad desgraciadamente
para muchas personas Dios no es el Bien primero, ni el Bien supremo. Por eso,
vemos a tantas personas mirar tanto hacia las cosas de la tierra, correr
animosamente detrás de ellas, desgastarse por lo que perece, y mirar tan poco a
las cosas de allá arriba.
Cuando el corazón humano se deja arrebatar por Dios y
lo experimenta fuertemente, entonces la esperanza de poder poseer a Dios se
convierte en la fuerza que mueve la vida. Basta ver cómo la esperanza de Dios
ha hecho santos a niños, jóvenes y adultos, mujeres y hombres, que han sido
capaces de dar la vida por él. También es verdad que la falta de ilusión por
Dios conduce a muchos otros cristianos a la mediocridad, a la tibieza, al
pecado. Son las leyes de la vida. Así es el corazón humano y así responde. No
olvidemos, sin embargo, que es Dios quien acreciente en nosotros este deseo e
incluso quien inspira los medios para poderlo realizar mediante una vida santa.
Debemos meternos dentro de nosotros mismos para
constatar hasta qué punto Dios se ha convertido en el deseo de los deseos, en
la aspiración suprema de nuestra vida, en el valor primero, en la ilusión que
nos anima cada día. Poca respuesta habrá en la vida a las cosas de Dios, si
Dios no es todo para nosotros, como lo era para S. Pablo: Para mí la vida es Cristo. Todo lo considero basura con tal de alcanzar
a Cristo, mi Señor. Hay que pedirle a Dios que
acreciente en nosotros cada día más este deseo. JJF
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