La noticia
aparece con cierta frecuencia y es recibida con aplausos por parte de algunos
políticos y medios de comunicación social. Unos padres podrían transmitir a sus
hijos defectos genéticos. Para ‘ayudarles’ a tener un hijo sano, recurren a la
fecundación artificial y a la selección de embriones. Los aplausos, sin
embargo, ocultan una injusticia profunda que lleva a la discriminación de los
embriones enfermos.
¿Cómo ocurre
esto? El laboratorio de fecundación artificial pone en marcha un complicado
proceso de trabajo para lograr el resultado: un hijo sano. Vamos a fijarnos en
seis etapas del mismo.
Primera, inducir la ovulación de la mujer
para obtener varios óvulos. Segunda,
fecundarlos ‘in vitro’ con el esperma del esposo. Tercera, esperar a que se fecunden. Cuarta, hacer un diagnóstico preimplantatorio para ver cuáles de
esos embriones tendrían un ADN sano (es decir, no tendrían el defecto genético
rechazado por los padres). Quinta,
escoger a algunos de esos embriones sanos para transferirlos al seno materno y
esperar a que nazcan.
En estas cinco
etapas se incurre en los numerosos riesgos y contradicciones que caracterizan a
todas las técnicas de fecundación extracorpórea. Pero existe una ‘sexta’ etapa
en este proceso, que consiste en la marginación, el abandono o la destrucción
de los embriones enfermos.
En otras
palabras, para conseguir un hijo sano se recurre a un proceso técnico en el que
el laboratorio, de acuerdo con los padres, se convierte en agente que decide
sobre la vida de unos seres humanos (los embriones sanos) y sobre el abandono o
la muerte de otros seres humanos (los embriones declarados enfermos o
defectuosos). Nace, ciertamente, un hijo sano, pero no nacen aquellos hijos que
podrían estar enfermos.
Ante estas
noticias, vale la pena recordar que la medicina existe para curar (cuando sea
posible) al enfermo, para atenderlo en sus diversos sufrimientos, para prevenir
contagios donde sea posible. Pero no será nunca propio de la medicina
establecer un dominio arbitrario sobre la vida y la muerte de seres humanos, ni
decidir quién merece vivir y quién será condenado a la muerte o al abandono por
no poseer un mínimo nivel de ‘calidad’ genética.
El que un hijo
empiece a existir con defectos genéticos no da derecho a nadie para
despreciarlo, marginarlo, abandonarlo, provocar su muerte. Sea cual sea su ADN,
estamos ante un hijo débil, frágil, necesitado de más ayuda por parte de la
verdadera medicina.
Por lo tanto,
buscar que los hijos nazcan sanos no da permiso para discriminar o eliminar a
los hijos enfermos. La medicina auténtica no puede olvidar principios éticos
fundamentales para la vida social. Uno de esos principios nos dice que nadie
debe ser discriminado por su sexo, por su raza, por su ADN, por sus patologías.
Otro principio nos recuerda que toda vida humana merece respeto, protección y
asistencia.
Como explicaba
el Papa Benedicto XVI en un discurso a los miembros de la Academia Pontificia
para la Vida: “Es necesario confirmar que toda discriminación ejercida por
cualquier poder sobre personas, pueblos o etnias en virtud de diferencias
debidas a reales o presuntos factores genéticos es un atentado contra la misma
humanidad. Hay que confirmar con fuerza la misma dignidad de todo ser humano
por el hecho mismo de haber llegado a la vida” (21 de febrero de 2009).
Hace falta
hacerlo presente, para no quedar cegados ante los aplausos de quienes ven la
selección prenatal de seres humanos como una ‘conquista’ médica. Nunca será
progreso recurrir a métodos que llevan a seleccionar a los sanos y a marginar y
despreciar a los más débiles y enfermos. No es una técnica ‘salva vidas’ la que
permite nacer a unos mientras destruye o abandona a otros.
El mundo
empieza a ser más justo, más incluyente, más solidario, si sabe acoger al
‘diverso’, especialmente cuando ese diverso es un hijo débil, genéticamente
‘imperfecto’, pero no por ello menos digno. Su debilidad no debe convertirse en
una sentencia de muerte, sino en un reclamo para recibir mayor asistencia por
parte de todos, especialmente de sus propios padres y de los médicos. FP
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