El sacerdote lava los pies. El gesto siempre me desconcierta.
Agua. Una toalla. Manos que se inclinan. El
Maestro arrodillado frente a sus amigos.
Pienso en lo difícil que es servir sin buscar
reconocimiento.
En lo fácil que es querer ser importante.
Cristo toma los pies cansados de los suyos. Y los limpia.
En ese gesto entiendo algo.
La grandeza del Evangelio no se parece al poder. Se parece al servicio. RM
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