Juan
ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su
misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de
la comunidad, llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les
espera una misión. Jesús no los ha convocado solo para disfrutar de él, sino
para hacerlo presente en el mundo.
Jesús
los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o
cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su
tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre.
Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.
Ya
han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo
ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos
de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan
su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia
entre la gente.
Pero
sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de
su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso
se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni
los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento
sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».
El
gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la
tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su
«aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser
humano: un poco de barro alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre
la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.
Creyentes
frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y
obispos de barro, comunidades de barro… Solo el Espíritu de Jesús nos convierte
en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan «muertas».
Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar su presencia viva entre
nosotros. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida
renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el
Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas
como Él. JAP
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