Como las abejas, buscan lo pequeño y bueno: una sonrisa en el elevador, una pausa para rezar antes de una junta, una mirada amable en el transporte, una conversación que sabe a flor en medio del
cemento.
Ser creyente en la ciudad no es gritar, es polinizar esperanza. No es volar por inercia, es saber dónde hay néctar… y llevarlo a otros.
Hoy, no seas mosca de lo que falla. Sé abeja de lo que florece.
“Alégrense con los que están alegres; lloren con
los que lloran” (Romanos 12,15)
Porque ahí, en lo sencillo, también pasa Cristo. RM
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