Plaza del pueblo, calle de tierra, sonrisas al viento.
No vino a juzgar. Vino a reír con los que nunca se atrevían. A tocar al que
todos evitaban. A levantar el ánimo… no solo los cuerpos.
Y donde Cristo pasa, las penas se sueltan como polvo al viento, los brazos
se alzan sin miedo, y hasta el más roto se atreve a sonreír.
Porque su presencia no exige, invita. No impone, convoca.
Cristo no busca multitudes, busca corazones
despiertos. Y cuando los encuentra… la fiesta empieza.
“Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea
plena” (Juan 15,11) RM
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