Una
discusión sin sentido puede alargarse por horas, incluso por días. Basta con
pensar en un chat entre familiares que discuten una y otra vez sobre la
oportunidad de las vacunas ante esa epidemia concreta. Esas discusiones
desgastan y llevan, en no pocas ocasiones, a pensar negativamente sobre el
otro. Se le acusa de estar encerrado entre prejuicios, de ser un
manipulador, de no escuchar (incluso denigrar) a quienes ofrezcan datos y
argumentos contrarios a sus posiciones. Esas acusaciones, en realidad,
pueden aplicarse perfectamente a las dos partes: no solo el otro está
equivocado y tiene malas actitudes, sino que también ‘nosotros’ hemos adoptado
posiciones que no llevan a ninguna parte.
Podemos
evitar discusiones sin sentido si conseguimos escuchar al otro con mente
abierta, y si pensamos los propios argumentos no para buscar el triunfo a
cualquier precio, sino para aclarar ideas y para avanzar hacia la
verdad. Si no logramos buenas disposiciones, lo mejor sería dejar de lado
una discusión que desgasta y que daña las relaciones. En algunos temas, vale
más un rato de silencio que no un debate que nos llena de rencores y que nos
hace perder un tiempo precioso.
Esperamos
que sea posible, en el futuro, llegar a actitudes de apertura interior que
permitan construir puentes, sobre todo el puente del mutuo respeto, para luego
afrontar temas importantes en los que a todos nos interesa avanzar, aunque solo
sea un poco, hacia verdades que unen. FP
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