Roma antigua. Piedras que escucharon gritos. Arena que bebió sangre.
Detrás de este hombre, el Coliseo. Símbolo de poder, espectáculo… y
martirio.
Aquí murieron hombres y mujeres por no negar su fe. Por seguir creyendo
cuando creer costaba la vida. No con armas. No con gritos. Con una cruz en el
pecho y esperanza en los ojos.
Hoy las arenas son otras: tribunales de redes sociales, esquinas de indiferencia,
plazas donde la verdad se disfraza.
Pero el llamado es el mismo: Ser testigos.
No necesitamos ser héroes, solo fieles. Firmes en lo invisible. Valientes
en lo cotidiano. Porque todavía hay Coliseos… y todavía hay cristianos que se
plantan en ellos. RM
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