Dios nos habla
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“Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la
Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de Transjordania.
Al ver a la
multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a
Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los
que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los
afligidos, porque serán consolados.
Felices los
pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los
que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los
misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los
que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los
que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los
que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el
Reino de los Cielos.
Felices
ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda
forma a causa de mí.
Alégrense y
regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo;
de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron»” (Mt 5,1-12).
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“¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor y permanecer en su recinto
sagrado? El que tiene las manos limpias y puro el corazón; el que no rinde
culto a los ídolos ni jura falsamente” (Salmo
23).
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“Queridos hermanos: ¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso que nos
llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente. Si el mundo no nos reconoce,
es porque no lo ha reconocido a Él. Queridos míos, desde ahora somos hijos de
Dios, y lo que seremos no se ha manifestado todavía. Sabemos que cuando se
manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. El que
tiene esta esperanza en Él, se purifica, así como Él es puro” (1 Jn 3,1-3.).
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“Vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de
todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y
delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y
exclamaban con voz potente: «¡La salvación viene de nuestro Dios que
está sentado en el trono, y del Cordero!»” (Apoc 7,9ss).
Nosotros le hablamos
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“Dios todopoderoso y eterno, que nos concedes celebrar en una sola
fiesta los méritos de todos tus Santos; te rogamos que, por las súplicas de
tantos intercesores, derrames sobre nosotros la ansiada plenitud de tu
misericordia” (Oración Colecta).
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“Hoy nos permites honrar a la Ciudad santa, la Jerusalén celestial, que
es nuestra madre, donde una multitud de hermanos nuestros ya te alaba
eternamente. Nosotros, peregrinos, avanzando en la fe, nos encaminamos con
entusiasmo hacia ella y nos alegramos al celebrar hoy la gloria de los hijos
más insignes de la Iglesia; en ellos nos concedes, al mismo tiempo, ejemplo y ayuda para nuestra fragilidad”
(Prefacio).
Nuestra vida cambia
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¿Pensamos en la Vida Eterna, recurriendo al ejemplo e intercesión de los
Santos de la Iglesia?
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¿Deseamos, como ellos, vivir del amor de Dios con todo nuestro corazón?
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