Entre el ruido
del tráfico y las prisas del día, hay momentos en que Dios responde.
Lo que parecía
lejano se convierte en realidad, lo que tanto pediste llega como regalo
inesperado.
No siempre a tu
tiempo, pero sí en el tiempo perfecto.
Cuando Dios
cumple, no solo llena tus manos: llena tu corazón de certeza.
Porque en la
ciudad, en medio de lo incierto, Él nunca olvida tus oraciones.
“El que confía en el Señor no
quedará defraudado” (Rom 10,11) RM
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