Cuando Cristo
sufrió la flagelación, Pilatos lo presenta al pueblo diciendo Ecce homo, he
aquí al hombre, es decir en este hombre todo sufrimiento humano está incluido,
no hay pasión y muerte de hombre que no las haya hecho suyas.
Vamos a
destiempo con el proyecto de Dios y el proyecto que desearíamos. Sabiendo que
tenemos que morir, nos forjamos formas de muerte que no corresponde a la que
Dios nos tiene preparada. Cada uno desea partir a su modo, bajo determinadas
condiciones. Nuestra forma particular de morir se define por la misma capacidad
de gracia que cada uno ha recibido, es el amor personal de Dios el que va
sugiriendo la forma de ser responsable de ese mismo amor, esta forma
responsable en cada uno es única, la respuesta siempre ha de ser un morir de
amor.
Es doloroso
constatar que el proyecto de nuestra vida no está en nuestra voluntad
determinarlo, que las grandes líneas de nuestra historia las podemos ubicar,
pero los detalles, los modos nos rebasan. Se va padeciendo violencia sobre todo
ante determinados contenidos. Se dan metástasis no solo de enfermedades, sino
de hábitos, actitudes, modos de ser, situaciones irreversibles, cuyas
consecuencias las vamos padeciendo en rebeldía. Los contenidos de nuestra
historia personal son parte de la acción providencial de Dios, en esos
contenidos y no en otros, El va proveyendo de Sí mismo. Es allí, en nuestra
propia forma de morir, donde El envía a su Hijo para hacer camino conmigo, para
ir a mi lado dándome razones del inevitable padecer y morir. Cristo me propone
los contenidos de mi cruz y el Espíritu me da razones del padecer y morir, me
va llevando de comprensión en comprensión.
¿Cómo convencer
nuestro corazón de que la forma excelente de ser libre es ir optando por las
propuestas de Dios y no por las nuestras? ¿Cómo lograr que las propuestas de
Dios sean las nuestras? Tardamos tanto en, finalmente, concederle a Dios la
autoridad suprema sobre nuestro andar: “No se preocupen de qué es lo que tienen
que hablar ante los tribunales, el Espíritu mismo pondrá las palabras justas en
su boca”. El cristiano ha de ser un experto en el discernimiento. Es un
instante, un parpadear de ojos, en el que tiene que tomar decisiones, muchas
veces de especial importancia. El discernimiento requiere claridad de espíritu,
la claridad exige transparencia, pureza. La pureza es fruto de la unión con
Cristo, unión de conocimiento amor. RAS
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