Por eso no tolera la mentira o
el encubrimiento. No soporta la tergiversación o las manipulaciones. No hay en
él atisbos de disimular la verdad o de convertirla en propaganda. Su honradez
con la realidad le hace libre para decir toda la verdad. Jesús se convertirá en
«voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz» (Jon Sobrino).
Jesús va siempre al fondo de
las cosas. Habla con autoridad porque habla desde la verdad. No necesita falsos
autoritarismos. Habla con convicción, pero sin dogmatismos. No necesita
presionar a nadie. Basta su verdad. No grita contra los ignorantes, sino contra
los que falsean interesadamente la verdad para actuar de manera injusta.
Jesús invita a buscar la
verdad. No habla como los fanáticos, que la imponen, ni como los funcionarios,
que la «defienden» por obligación. Dice las cosas con absoluta sencillez y
soberanía. Lo que dice y hace es diáfano y fácil de entender. La gente lo
percibe enseguida. En contacto con Jesús, cada cual se encuentra consigo mismo
y con lo mejor que hay en él. Jesús nos lleva a nuestra propia verdad.
Cuando este hombre habla de un
Dios que quiere una vida digna para los más desgraciados e indefensos, se hace
creíble. Su palabra no es la de un farsante interesado por su propia causa.
Tampoco la de un religioso piadoso en busca de su bienestar espiritual. Es la
palabra de quien trae la verdad de Dios para quienes la quieran acoger.
Según el cuarto evangelio,
Jesús dice: «Yo he venido a este mundo para que los que no ven, vean, y los que
ven, se queden ciegos». Es así. Cuando reconocemos nuestra ceguera y acogemos
su evangelio, comenzamos a ver la verdad. JAP
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