lunes, 6 de julio de 2026

El fuego del amor frente a los fuegos del mundo…

El Papa León XIV ha comenzado su pontificado dejando claro un sello: ser el Pastor de una Iglesia de los pobres. No es un eslogan pastoral; es una definición de identidad. Desde el Santuario de Santa María de la Rotonda, entre refugiados, personas sin hogar y voluntarios, proclamó que la verdadera riqueza de la Iglesia está en quienes son más frágiles, “todos preciosos, todos partícipes”.
Pero el corazón de su homilía fue aún más audaz: denunció la paz cómoda, esa paz que se confunde con seguridad y bienestar individual, y la confrontó con la paz evangélica que implica riesgo, contradicción y cruz. En un mundo que quiere anestesiarse con tranquilidades superficiales, León XIV recordó que seguir a Cristo es aceptar el fuego del amor: un fuego que no destruye, sino que abraza, sirve y rompe la indiferencia.
Ese mensaje tiene resonancia global. Mientras Ucrania y Gaza siguen ardiendo en los fuegos de la guerra, el Papa propuso otra llama: la de la caridad que se convierte en diplomacia de la esperanza, en política de la ternura. No habló solo a la diócesis de Albano; habló al concierto de naciones donde el poder de las armas sigue dictando la agenda.
La homilía de León XIV es un recordatorio incómodo y luminoso: en tiempos de fuegos que consumen vidas y territorios, la única alternativa que renueva el mundo es el fuego de la caridad, gratuito y universal. Ese es el desafío cristiano y geopolítico que nos deja: o el mundo arde en violencia, o se enciende en amor.
“He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49).RM

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