Dios nos habla
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“Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y las has revelado
a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado
por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al
Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a
mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre
ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y
así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana” (Mt 11, 25-30).
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“Hermanos: Ustedes no están animados por la carne sino por el espíritu,
dado que el Espíritu de Dios habita en ustedes. El que no tiene el Espíritu de
Cristo no puede ser de Cristo. Y si el Espíritu de Aquél que resucitó a Jesús
habita en ustedes, el que resucitó a Cristo Jesús también dará vida a sus
cuerpos mortales, por medio del mismo Espíritu que habita en
ustedes. Hermanos, nosotros no somos deudores de la carne, para vivir de
una manera carnal. Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si
hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán” (Rm 8, 9. 11-13).
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“Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y
está montado sobre un asno, sobre la cría de un asna” (Zac 9,10).
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“El Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia;
el Señor es bueno con todos y tiene compasión de todas sus criaturas” (Salmo 144).
Reflexión
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“Imitemos al Señor y oremos por los enemigos. Imita al Señor: fue
crucificado y abogó ante el Padre por sus verdugos. Pero me dirás: ¿Cómo puedo
yo imitar al Señor? Si quieres, puedes. Pues si no pudieras imitarle, ¿cómo
habría dicho: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón? Si no
pudieras imitarle, no hubiera dicho Pablo: Seguid mi ejemplo, como yo sigo
el de Cristo. Por lo demás, si no quieres imitar al Señor, imita a tu
consiervo Esteban, pues que él imitó al Señor. Lo mismo que Cristo oraba al
Padre por los que le crucificaban, así el siervo, mientras le apedreaban,
acosado por todas partes, aguantando las pedradas y haciendo caso omiso del
dolor que los golpes le causaban, decía: Señor, no les tengas en cuenta este
pecado… Si, pues, oramos sólo por los amigos, no somos mejores que los
paganos y publicanos; en cambio, cuando amamos a los enemigos nos hacemos, en
lo que cabe, semejantes a Dios, que hace salir su sol sobre buenos y malos,
y manda la lluvia a justos e injustos. Seamos, pues, semejantes al Padre: Sed
perfectos —dice el Señor— como vuestro Padre celestial es perfecto, para
que merezcamos conseguir el reino de los cielos, por la gracia y la bondad del
Señor Dios y Salvador nuestro Jesucristo, a quien corresponden el honor y el
poder por los siglos de los siglos. Amén” (San
Juan Crisóstomo, Homilía 1 sobre la
cruz y el ladrón).
Nosotros le hablamos
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“Te alabaré, Dios mío, a ti, el único Rey, y bendeciré tu Nombre
eternamente; día tras día te bendeciré, y alabaré tu Nombre sin cesar… Que
todas tus obras te den gracias, Señor, y tus fieles te bendigan; que anuncien
la gloria de tu reino y proclamen tu poder” (Salmo
144).
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“Dios nuestro, que por la humillación de tu Hijo levantaste a la
humanidad caída; concédenos una santa alegría, para que, liberados de la
servidumbre del pecado, alcancemos la felicidad que no tiene fin. Por nuestro
Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu
Santo, y es Dios por los siglos de los siglos” (Oración Colecta).
Nuestra vida cambia
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¿Qué nos dice la humildad del Señor?
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¿Buscamos a Dios con un corazón humilde?
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