Calle rota. Socavón. Cinta de precaución que no evita el peligro.
No siempre se ve venir. Todo parecía firme… hasta que se abrió el hueco. Así
es la vida cuando el alma se cansa, cuando las heridas se acumulan, cuando por
dentro nos vamos desmoronando, aunque por fuera sigamos de pie.
Y sin embargo… Cristo también camina por estas calles. No salta el bache. No
evade el socavón. Se detiene. Se
agacha. Y toca ese fondo con su mano herida.
Porque no hay hundimiento tan profundo que el amor no pueda alcanzar.
Porque a veces, la grieta es la única forma en que la luz logra entrar.
“El
Señor está cerca de los quebrantados de corazón; salva a los de espíritu
abatido” (Salmo 34,18) RM
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