Una
de las tareas más urgentes de la Iglesia de hoy y de siempre es conseguir que
la fe llegue a los hombres como «buena noticia».
Con
frecuencia entendemos la evangelización como una tarea casi exclusivamente
doctrinal. Evangelizar sería llevar la doctrina de Jesucristo a aquellos que
todavía no la conocen o la conocen de manera insuficiente.
Entonces
nos preocupamos de asegurar la enseñanza religiosa y la propagación de la fe
frente a otras ideologías y corrientes de opinión. Buscamos hombres y mujeres
bien formados, que conozcan perfectamente el mensaje cristiano y lo transmitan
de manera correcta. Tratamos de mejorar nuestras técnicas y organización
pastoral.
Naturalmente,
todo esto es importante, pues la evangelización implica anunciar el mensaje de
Jesucristo. Pero no es esto lo único ni lo más decisivo. Evangelizar no
significa solo anunciar verbalmente una doctrina, sino hacer presente en la
vida de la gente la fuerza humanizadora, liberadora y salvadora que se encierra
en el acontecimiento y la persona de Jesucristo.
Entendida
así la evangelización, lo más importante no es contar con medios poderosos y
eficaces de propaganda religiosa, sino saber actuar con el estilo liberador de
Jesús.
Lo
decisivo no es tener hombres y mujeres bien formados doctrinalmente, sino poder
contar con testigos vivientes del evangelio. Creyentes en cuya vida se pueda
ver la fuerza humanizadora y salvadora que encierra el evangelio cuando es
acogido con convicción y de manera responsable.
Los
cristianos hemos confundido muchas veces la evangelización con el deseo de que
se acepte socialmente «nuestro cristianismo». Las palabras de Jesús llamándonos
a ser «sal de la tierra» y «luz del mundo» nos obligan a hacernos preguntas muy
graves.
¿Somos
los creyentes una «buena noticia» para alguien? Lo que se vive en nuestras
comunidades cristianas, lo que se observa entre los creyentes, ¿es «buena
noticia» para la gente de hoy?
¿Ponemos
los cristianos en la actual sociedad algo que dé sabor a la vida, algo que
purifique, sane y libere de la descomposición espiritual y del egoísmo brutal e
insolidario? ¿Vivimos algo que pueda iluminar a la gente en estos tiempos de
incertidumbre, ofreciendo una esperanza y un horizonte nuevo a quienes buscan
salvación? JAP
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