Departamento pequeño. Luz tenue. Silencio tras una jornada larga.
Te sentaste a orar. No con grandes palabras, ni con discursos de santo.
Solo tú… cansado, sincero, real.
Le dijiste dos frases al cielo y el sueño te alcanzó antes del “Amén”.
Y aun así, Él se quedó contigo. No se fue por tu somnolencia. No exigió
mejor postura. No midió tu oración por su duración.
Porque para Cristo, tu deseo de hablarle vale más que mil fórmulas
perfectas. Porque en el amor… a veces el silencio, a veces el descanso, también
dicen “te confío mi alma”.
Hoy, si te vence el sueño, que sea en Sus brazos. Y que al despertar, sepas
que nunca oraste solo.
“El
Señor da el sueño a sus amigos” (Salmo 127,2) RM
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