No
es fácil responder con sinceridad a esa pregunta que Jesús hace a Pedro en el
momento mismo en que lo salva de las aguas: «¿Por qué has dudado?».
A
veces, las más hondas convicciones se nos desvanecen y los ojos del alma se nos
turban sin saber exactamente por qué. Principios aceptados hasta entonces como
inconmovibles comienzan a tambalearse. Y se despierta en nosotros la tentación
de abandonarlo todo sin reconstruir nada nuevo.
Otras
veces, el misterio de Dios se nos hace abrumador. La última palabra sobre mi
vida se me escapa y es duro abandonarme al misterio: mi razón sigue buscando
insatisfecha una luz clara y apodíctica que no encuentra ni podrá jamás
encontrar.
No
pocas veces la superficialidad y ligereza de nuestra vida cotidiana y el culto
secreto a tantos ídolos nos sumergen en largas crisis de indiferencia y
escepticismo interior, con la sensación de haber perdido realmente a Dios.
Con
frecuencia es nuestro propio pecado el que quebranta nuestra fe, pues esta
decae y se debilita cuando nos alejamos de Dios. Si somos sinceros, hemos de
confesar que hay una distancia enorme entre el creyente que profesamos ser y el
creyente que somos en realidad. ¿Qué hacer al constatar en nosotros una fe a
veces tan frágil y vacilante?
Lo
primero, no desesperar ni asustarnos al descubrir en nosotros dudas y
vacilaciones. La búsqueda de Dios se vive casi siempre en la inseguridad, la
oscuridad y el riesgo. A Dios se le busca «a tientas». Y no hemos de olvidar
que muchas veces «la fe genuina solo puede aparecer como duda superada» (Ladislao Boros).
Lo
importante es aceptar el misterio de Dios con el corazón abierto. Nuestra fe
depende de la verdad de nuestra relación con él. Y no hace falta esperar a que
nuestros interrogantes y dudas se resuelvan para vivir en verdad ante ese
Padre.
Por
eso lo importante es saber gritar como Pedro: «Señor, sálvame». Saber levantar
hacia Dios nuestras manos vacías, no solo como gesto de súplica, sino también
de entrega confiada de alguien que se sabe pequeño, ignorante y necesitado de
salvación. No olvidemos que la fe es «caminar sobre agua», pero con la
posibilidad de encontrar siempre esa mano que nos salva cuando comenzamos a
hundirnos. JAP
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