«Donde
están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». La
mejor manera de hacer presente a Cristo en su Iglesia es mantenernos unidos
actuando «en su nombre», movidos por su Espíritu. La Iglesia no necesita tanto
de nuestras confesiones de amor o nuestras críticas cuanto de nuestro
compromiso real. No son pocas las preguntas que nos podemos hacer.
¿Qué
hago yo por crear un clima de conversión colectiva en el seno de esta Iglesia,
siempre necesitada de renovación y transformación? ¿Cómo sería la Iglesia si
todos vivieran la adhesión a Cristo más o menos como la vivo yo? ¿Sería más o
menos fiel a Jesús?
¿Qué
aporto yo de espíritu, verdad y autenticidad a esta Iglesia tan necesitada de
radicalidad evangélica para ofrecer un testimonio creíble de Jesús en medio de
una sociedad indiferente y descreída?
¿Cómo
contribuyo con mi vida a edificar una Iglesia más cercana a los hombres y
mujeres de nuestro tiempo, que sepa no solo enseñar, predicar y exhortar, sino,
sobre todo, acoger, escuchar y acompañar a quienes viven perdidos, sin conocer
el amor ni la amistad?
¿Qué
aporto yo para construir una Iglesia samaritana, de corazón grande y compasivo,
capaz de olvidarse de sus propios intereses, para vivir volcada sobre los
grandes problemas de la humanidad?
¿Qué
hago yo para que la Iglesia se libere de miedos y servidumbres que la paralizan
y atan al pasado, y se deje penetrar y vivificar por la frescura y la
creatividad que nace del evangelio de Jesús?
¿Qué
aporto yo en estos momentos para que la Iglesia aprenda a «vivir en minoría»,
sin grandes pretensiones sociales, sino de manera humilde, como «levadura»
oculta, «sal» transformadora, pequeña «semilla» dispuesta a morir para dar
vida?
¿Qué
hago yo por una Iglesia más alegre y esperanzada, más libre y comprensiva, más
transparente y fraterna, más creyente y creíble, más de Dios y menos del mundo,
más de Jesús y menos de nuestros intereses y ambiciones? La Iglesia cambia
cuando cambiamos nosotros, se convierte cuando nosotros nos convertimos. JAP
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